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5.25.2012

Jameson y la persistencia del marxismo (II)


La imbricación esencial entre cultura y infraestructura económica es patente desde el mismo título de su obra 'fundacional': El postmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado. Está conexión es señalada por Jameson sin pudor: «toda posición postmodernista en el ámbito de la cultura -ya se trate de apologías o estigmatizaciones- es, también y al mismo tiempo, necesariamente, una toma de postura implícita o explícitamente política sobre la naturaleza del capitalismo multinacional actual»[1] (cursivas mías).

            En la vertiente económica, Jameson es afín a las tesis continuistas de Ernest Mandel y considera el capitalismo avanzado la nueva cara del capitalismo industrial, su evolución natural. En este sentido, constituiría no una ruptura, sino una extensión hipertrófica. No es de extrañar entonces que el postmodernismo sea presentado como una pauta cultural y no como un estilo: la traducción cultural de la lógica del capitalismo avanzado es la absorción por parte del postmodernismo del movimiento modernista; esto es, «la producción estética se ha integrado en la producción de mercancías en general»[2]. El postmodernismo estético no es, como se ha querido ver, un movimiento estilístico de heterogeneidad axiomática marcado por el eclecticismo y el pastiche, sino que éstos son el residuo del carácter omniabarcante de una pauta cultural que se doblega a la «frenética vigencia económica de producir constantemente nuevas oleadas refrescantes de géneros de apariencia cada vez más novedosa»[3].

            Si Jameson recupera una concepción marxista del funcionamiento de lo social es porque considera que las descripciones que hizo Marx del capitalismo son hoy más vigentes que nunca: el mercado mundial es una realidad efectiva fruto del desarrollo de las comunicaciones; hay una fuerte insistencia en el fomento del consumo, del mismo modo que hay también una expansión y refinamiento de la forma de la mercancía, la cual ya no se refiere a un substrato material, sino que se extiende como una gramática universal que abarca la imagen y el símbolo[4]. En un giro retórico, podríamos afirmar que Jameson da la vuelta al planteamiento de Baudrillard y, en lugar de presentar una realidad evaporada en la proliferación de símbolos y imágenes, estas se han solidificado y constituyen la materia prima del capitalismo avanzado[5].


            Jameson, en su voluntad de repensar la tradición marxista, recupera el pensamiento de Adorno, y plantea la posibilidad de que «el marxismo de Adorno, que no sirvió de mucho en los periodos previos, resulte exactamente lo que necesitamos en la actualidad»[6]. Lo que más le interesa de Adorno «reside en el énfasis, único, que pone en la presencia del capitalismo tardío como totalidad dentro de las formas mismas de nuestros conceptos o obras de arte. Ningún otro teórico marxista puso nunca en escena esta relación entre lo universal y lo particular, el sistema y el detalle, con semejante atención, intensa y abarcadora»[7].

            Fijemos, pues, nuestra atención en Adorno. El pensador alemán es menos taxativo en su consideración de la estructura económica como determinante de la cultura, en la medida que acusa a Marx de caer en un reduccionismo economicista: aquello que le interesa a Adorno de Marx es la crítica al idealismo y al subjetivismo burgués, los cuales serian funestos en tanto que la síntesis conceptual y las abstracciones lingüísticas terminarían por ocupar el lugar de las cosas mismas[8].

            Por lo tanto, el suelo común que media entre el marxismo de Adorno y el de Jameson -tanto a nivel general como en relación a la cuestión de la autonomía del arte- es el hecho que el arte se define en relación a aquello que no es arte[9] o, en palabras de Adorno, al hecho que «aquello que hay en él [en el arte] de específicamente artístico procede de algo distinto: de esto cabe inferir su contenido y solamente este presupuesto satisfará las exigencias de una estética dialecticomaterialista»[10]. En Jameson esta necesidad se reduce a una convicción de ascendencia hegeliana: la necesidad de desvelar la historicidad presente en todo desarrollo formal. Es decir, la preocupación que recorre de fondo la obra de Jameson -y que está parcialmente en comunión con el proyecto adorniano- es el mostrar la conexión entre la estructura formal de un texto artístico y las condiciones socioeconómicas imperantes en su producción.

            Estas consideraciones son fundamentales en la medida que sientan las bases para la discusión acerca de la autonomía del arte: para Adorno si y sólo si el arte puede desvincularse  de 'las condiciones socioeconómicas imperantes en su producción' podrá erigirse como verdaderamente artístico, como manifestación de una racionalidad irreductible a la razón instrumental del sujeto idealista. Aún así, esta desvinculación no debe entenderse como una suerte de aislacionismo de la obra de arte, sino como negatividad. Dicho de otro modo: para Adorno  el objeto de la teoría estética es pensar la tensión que media entre el pensar identificante (subjetivo, conceptualizador) y el elemento objetivo e irreductible. Esta tensión se revela a un doble nivel: sociológico y negativo[11].

            A nivel sociológico, Adorno considera la concreción artística como interiorización de las formas sociales que hay en juego. Como apunta Vicente Gómez: «que el arte sea un fait social y a la vez, en sus formas modernas, un ámbito autónomo, implica trazar la unidad de fuerzas y las relaciones de producción de un modo intraartístico». Lo que se está afirmando aquí es que en el arte hay un momento de verdad, de universalidad, que vendría vehiculado por el carácter de producto histórico del arte, por ser un material socialmente performado[12]. En otras palabras: el arte, en tanto que social e histórico, lleva en sí mismo "lo-otro-de-sí"; «el arte sólo tiene existencia en el marco de un lenguaje artístico ya desarrollado»[13].

            Podemos establecer, entonces, que aquello que para Adorno es el momento de verdad del arte, el cual recibirá un tratamiento dialéctico, en el pensamiento de Jameson se traduce en forma de inconsciente político[14]. En lo que para Adorno sería un retroceso inaceptable al momento subjetivista, Jameson caracteriza la relación de la economía con el objeto cultural en términos de los procesos psíquicos que intervienen en la producción y recepción de la obra. Para Jameson, pues, «todo texto es fundamentalmente una fantasía política que articula de forma contradictoria las relaciones reales y potenciales que constituyen a los individuos en una economía política concreta»[15].

            La concepción de un inconsciente político en la concreción de la obra artística prefigura el desarrollo de su teoría de la 'cartografía cognitiva'. El concepto, que es tomado de Kevin Lynch (quien lo usa para describir como las personas dan sentido a sus entornos urbanos), funciona en Jameson como intersección entre lo personal y lo social[16]: como avanzamos en la introducción, la teoría de la postmodernidad de Jameson pretende establecer un esquema de implicación general entre el individuo postmoderno y los universales modernos. En este sentido, podemos entrever como de forma incipiente Jameson está sentando las bases para articular luego una teoría de los 'mapas cognitivos' que pueda sacar a relucir ese inconsciente político y, de este modo, salvar una función política del arte que no esté sujeta a las objeciones tradicionales.



[1] Jameson, F; El postmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado. Pág. 14.
[2] Ibídem. Pág. 18
[3] Ibídem. Pág. 18. Jameson, en Marxismo tardío, reflexiona sobre la categoría de 'innovación': «El problema reside en el hecho de que los fenómenos estéticos -que son culturales, es decir, formaciones de una superestructura que es sólo una parte funcional del todo del cual pretende ser un equivalente y sustitutivo- también son ideológicos. La "nuevo", por lo tanto, también es una compensación ideológica como también un valor estético y una categoría históricamente original de la producción capitalista». Pág. 291.
[4]  Cfr. introducción de Sánchez Usanos en: Jameson, F; Reflexiones sobre la postmodernidad.
[5] Jameson, en El postmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, afirma, sin referirse explícitamente a Baudrillard, que «sin duda, la lógica del simulacro, al convertir las antiguas realidades en imágenes audiovisuales, hace algo más que replicar simplemente la lógica del capitalismo avanzado: la refuerza y la intensifica». Pág. 102.
[6] Jameson, F; Marxismo tardío. Adorno y la persistencia de la dialéctica. Pág. 21.
[7] Ibídem. Pág. 27.
[8] Boladeras, M; L'escola de Frankfurt. Pág. 45
[9] Jameson afirmará en  Marxismo tardío que extrajo su idea de relacionar el «trasfondo histórico y social» con el análisis formal de los textos de los escritos sobre música de Adorno. Pág. 20.
[10] Adorno, T; Teoría estética. Pág. 32.
[11] Nos ocupamos ahora del momento sociológico del arte. Sobre el momento negativo ver 2.2.
[12] Adorno definirá en Teoría estética la obra de arte como mónada sin ventanas -sirviéndose del concepto leibniziano- para expresar la idea de un arte autónomo pero capaz de reproducir en su interior la realidad histórico-social. En relación a esta visión, Jameson afirmará que: «la doctrina de la autonomía estética de la obra de arte es correcta, pero sólo es verdadera si se la entiende como lo opuesto a la doctrina estetizante, a una especie de "arte por el arte" filosófico. La obra es social e histórica hasta la médula: sólo así puede llegar a ser autónoma» (Marxismo tardío, pág. 284).
[13] Adorno, T; Teoría estética. Pág. 524.
[14] Jameson, en Marxismo tardío, se hace eco de las palabras de Adorno en Teoría estética, quien considera que el «momento histórico es constitutivo en las obras de arte» las cuales son «la historiografía inconsciente de su época» (cursivas mías). Pág. 286.
[15] Jameson, F; La estética geopolítica. Introducción de MacCabe. Pág. 13.
[16] La traducción de los términos cartográficos de Lynch a la sociología viene mediada por el pensamiento de Althusser: el espacio cartográfico es visto como espacio social. Se sirve de Althusser porque éste, al reformular la distinción entre ciencia y ideología en Marx, introduce el punto de vista individual o monadológico, el cual se opone a un dominio de saber abstracto. Esto no significa que no podamos conocer el mundo fuera de una forma abstracta o científica, pero sí que es irrepresentable. En palabras de Jameson: «la fórmula althusseriana señala una brecha, una falta entre la experiencia existencial y el conocimiento científico; la misión de la ideología es, pues, de alguna manera, la de inventar una forma de articular entre sí estas dos dimensiones diferentes» (Teoría de la postmodernidad, pág. 71).

5.18.2012

Jameson y la persistencia del marxismo (I)


Afirma Terry Eagleton en La estética como ideología que «en los debates contemporáneos en torno a la modernidad, el modernismo y la postmodernidad, el concepto de 'cultura' aparece una categoría clave para el análisis y la comprensión de la sociedad del capitalismo tardío»; además, concreta, ahora refiriéndose propiamente al campo de la estética, que «el legado de la tradición marxista de Lukács a Adorno confiere al arte un sorprendente privilegio teórico que, aparentemente, contrasta con su pensamiento de cuño materialista»[1].

            Estas dos líneas que señala Eagleton prefiguran la encrucijada en que se encuentra la teoría estética de tradición marxista, como la suya misma, o la de Fredric Jameson, que es la que aquí nos ocupa: de un lado, la imbricación fundamental de la reflexión sobre el arte con la consideración de la cultura como estructura significante y, en segundo lugar, las aporías propias de un pensamiento materialista que quiere comprender el fenómeno artístico como «privilegio teórico»; esto es, como enclave estratégico y no sometido a las necesidades e imperativos 'mundanos' desde el cual reflexionar y socavar el sistema mundial o, más concretamente, el capitalismo.

            Mientras que el segundo problema -que más genéricamente podemos llamar la cuestión de la autonomía del arte- nos ocupará a lo largo del texto como eje de reflexión, cabe -primero- hacer algunas consideraciones elementales sobre la red de conexiones que se establece entre arte y cultura.

            Para introducirnos en el atolladero nos serviremos del pensamiento de Jean Baudrillard, icono mediático del postmodernismo cultural, que encarna una de las posiciones teóricas que ha gozado de mayor repercusión en la segunda mitad del s.XX. Su reflexión, que nace en los círculos postestructuralistas, se caracteriza por definir todo fenómeno cultural como simulacro: el mapa ha substituido el territorio, las ficciones de una realidad simbólica son el único material con que podemos negociar. En este sentido, podemos considerar que el planteamiento de Baudrillard se levanta contra el marxismo tardío derivado de la escuela de Frankfurt, enfrentándose a las ideas de Adorno y Marcuse, en la medida que para ellos el papel del arte y, de la cultura en general, debía consistir en ser capaz de tomar distancia de la realidad, constituirse como algo otro, una racionalidad irreductible a la instrumental, que posibilitara, desde su esfera privilegiada, ejercer un papel crítico para con lo social.

            En otras palabras: la concepción de Baudrillard se erige contra el planteamiento adorniano de un arte enfático, conmensurable a la filosofía, que partiría de la estructura socio-económica y que, desde su autonomía, se volvería contra ella, denunciándola. Baudrillard vería en la dialéctica negativa un esquema 'criptoilustrado', heredado de Hegel y publicitado por Marx, que habría quedado invalidado por la crítica postestructuralista. Para el francés no hay posibilidad para el arte de instituirse como una esfera privilegiada: tras el 'fracaso' de las vanguardias, toda manifestación es simulacro, pues el juego ya no se da como relación dialécticomaterial sino como intercambio simbólico.

            El pensamiento de Baudrillard ha sido tachado despectivamente por la crítica como una 'disenyficación' de la ontología. Aún así, el proyecto se enmarca en el contexto cultural de la postmodernidad y la encarna como ningún otro: sus reflexiones presentan la estructuración social y económica de un capitalismo tardío que tiene en la economía de mercado su principal baza; en su pensamiento se dan cita también la idea de Debord de la sociedad como espectáculo[2] así como el carácter simulacral de una cultura que se ha erigido como garante de la pantalla global[3], dónde la representación (televisiva, internet, redes sociales) ha indiferenciado la esfera pública de la privada[4]. En la misma línea,  sostiene que la producción artística está -como avanzó Benjamin[5]- a merced de los medios de reproducción técnica y ahora, desde su misma producción, es indistinguible de estos. 

            En palabras de Jameson, el postmodernismo podría teorizarse «como el momento en el cual la antigua subjetividad -ahora por completo colectivizada- desaparece totalmente, de manera que la tensión que constituía el minimalismo de Beckett tanto como el período expresionista de Schönberg -el silencioso grito de dolor- se esfuma, dejando a la productividad y a la tecnología colectivas avanzadas libres para 'expresarse' nada más que a sí mismas: un proceso cuyo producto final ya no son más obras de arte sino mercancías»[6].
            La descripción, aunque vaga, caracteriza la coyuntura desde la cual debemos considerar el pensamiento de Fredric Jameson. Éste vuelve a planteamientos de base marxista[7] oponiéndose a la autocomplaciente fiesta de los simulacros baudrillardianos sin renunciar al  abanico de fenómenos que éste permite explicar. Jameson construye una teoría de la postmodernidad en su sentido más estricto[8]: lo postmoderno sería la exageración extrema de los postulados de la modernidad, «el realce máximo que, por exceso de acentuación, supone la conclusión, por ruptura, de aquello a lo que se refiere»[10].


            Para comprender el papel que el arte y la reflexión estética tienen para Jameson, debemos antes considerar como concibe el escritor norteamericano el postmodernismo. Las características principales de éste serían la sensación de agotamiento, la superficialidad; el carácter autoreflexivo; el debilitamiento de la historicidad; el abandono del manifiesto como formato con que dar a conocer sus propuestas; un subsuelo emocional totalmente nuevo; la relación con la tecnología; el ir en contra de la modernidad en el sentido de denunciar la racionalidad instrumental como modelo emblemático de proceder y, también, por abandonar la idea de progreso y los motivos básicos de la Ilustración.

            En el momento postmoderno del mercado universal, arte y teoría se ven abocados a operar desde el interior de la cultura de consumo. Esta tesis fundamental, que ya encontrábamos en Baudrillard, será la punta de lanza del pensamiento estético de Jameson: «si el arte o la cultura constituyeron en el pasado ámbitos desde los que se ejercía la reflexión crítica (algo evidente en el caso del modernismo y las vanguardias: en esencia movimientos reactivos frente a la entonces incipiente industria de consumo y al fetiche de la mercancía) en el capitalismo avanzado no hay un "afuera" desde el cual acometer esa tarea. [...] La "forma mercancía" es ahora la estructura ontológica a la que se somete el conjunto de lo existente»[11].

            Si bien Jameson afirma que la cuestión de la autonomía del arte era evidente en el modernismo y las vanguardias, quizá deba matizarse, puesto que la reflexión sobre la autonomía -propia de los movimientos de vanguardia- no es algo tan evidente, sino que se construye como paradoja. Si atendemos a la síntesis que realiza Peter Bürger en Teoría de la vanguardia, nos damos cuenta que «sólo un arte que se aparta completamente de la praxis vital (deteriorada), incluso por el contenido de sus obras, puede ser el eje sobre el que se pueda organizar una nueva praxis vital»[12]. Pero como reflexionó Marcuse, este papel es contradictorio: de un lado, el arte protesta contra un presente deteriorado, preparando la formación de un orden mejor. Del otro, y en esto consiste la paradoja, en la medida que prepara ese orden mejor en la apariencia de la ficción, descarga a la sociedad existente de la presión de la fuerzas que pretenden su transformación[13]. Este carácter contradictorio del momento "afirmativo" del arte -como lo etiquetaba Marcuse- lo encontraremos en Adorno, quien a partir de una estrategia dialéctica, defenderá una función "negativa" del arte.

            En suma, la reflexión de Jameson se erigirá como un ejercicio de gimnástica teórica que tiene por objetivo recuperar la posibilidad para el arte de constituir un enclave desde el cual presentar beligerancia al sistema económico y la ratio instrumental de éste, sin desatender el necesario carácter de mercancía de todo fenómeno artístico. Esto es: Jameson niega la posibilidad que postulara Adorno de una autonomía real del arte, de su carácter de afuera, de no identidad, pero asevera que esto no invalida por completo cierto papel político del arte. En este último punto, al recuperar Jameson la teoría marxista que profesara Adorno, coinciden ambos pensadores en recuperar la profética idea benjaminiana de la polititzación del arte[14]: de ahí el sentido de postular una estética geopolítica[15].

            El presente trabajo trata de reflexionar acerca de las relaciones que se establecen entre el arte y la cultura postmoderna, entre la teoría estética y el sistema económico: se trata de replantear la cuestión adorniana de la autonomía del arte, de la posibilidad de una distinción entre alta y baja cultura, la reformulación de los ideales vanguardistas de un aniquilante art pour l'art[16] enfrentado a l'art engagé, así como del carácter autoconsciente del postmodernismo que lo llevaría a una suerte de 'sacrifico paradójico' -en el sentido que le da Kierkegaard- que constituiría la asunción por parte del arte de su culpa (esto es, de su carácter de producto, de su 'forma mercancía) y su consecuente apertura al mundo, que tan bien encarna la literatura de David Foster Wallace.

            En otras palabras: este trabajo trata de explorar los pasajes interiores entre la teoría estética de Adorno y la estética geopolítica de Jameson en el contexto del carácter político del arte y la cultura y, en consecuencia, de la cuestión de la autonomía del arte. La hipótesis fundamental que se pone sobre la mesa es si, tal y como afirma Adorno, la única posibilidad de un arte político pasa por su asimilación a la teoría, a la filosofía, y su constitución como una racionalidad otra que esté desligada de los imperativos sociales, erigiéndose así como una esfera autónoma, o si bien, al contrario, como apunta Jameson, el arte puede constituirse como fenómeno político y crítico para con la sociedad sin la necesidad de evadirse de las condiciones materiales y económicas que lo hacen posible y lo explican, sin la necesidad, pues, de redimirse de su carácter de mercancía.



[1] Eagleton, T; La estética como ideología. Pág. 52.
[2] Una idea que a Jameson le gusta de repetir: «El espectáculo es el capital en tal grado de acumulación que ha devenido imagen» (Debord, G; La sociedad del espectáculo).
[3] Cfr. Lipovetsky y Serroy; La pantalla global.
[4] Cfr. Sibila, P; La intimidad como espectáculo.
[5] Cfr. Benjamin, W; La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica.
[6] Jameson, F; Marxismo tardío. Adorno y la persistencia de la dialéctica. Pág. 303.
[7] Sus planteamientos parten del pensamiento de Ernest Mandel y su principal obra El capitalismo tardío.
[8] Jameson distingue entre 'postmodernidad' y 'postmodernismo': el primer término se refiere a un período de tiempo concreto y el segundo designa un estilo, una pauta o tendencia que gobierna la ejecución y composición artística y cultural de una determinada época.
[10] Jameson, F; Reflexiones sobre la postmodernidad. Es de Sánchez Usanos. Pág. 15
[11] Jameson, F; Reflexiones sobre la postmodernidad. Págs. 29-30
[12] Bürger, P; Teoría de la vanguardia. Pág. 104.
[13] Ibídem. Pág. 104.
[14] «Este es el sentido de la estetización de la política que el fascismo propone. El comunismo le responde con la politización del arte» (Benjamin, W; La obra del arte en la época de su reproductibilidad técnica.)
[15] Cfr. Jameson, F; La estética geopolítica.
[16] Ver el epílogo de: Bejamin, W; La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica.

2.05.2012

Notas sobre la subjetivización de la estética: una lectura gadameriana de Kant y Schiller. Segunda parte.

2. Kant: el placer desinteresado como anatema estético
2.1 La Crítica del juicio y la cuestión del gusto
Nos encontramos en 1790. Como apunta Safranski: «la razón había levantado ya con Descartes su orgullosa cabeza; se había emancipado, hasta tal punto que incluso Dios tenía que justificarse ante su tribunal. Pero era la mathesis universalis, una razón calculadora y constructora (..) En efecto, Leibniz enseñó a su siglo a hacer cálculo con la infinito, apoyado por el genio del cálculo musical, Johann Sebastian Bach, que eleva la mathesis universalis a una oración sonora ante Dios»[1].
            Es Immanuel Kant (1724-1804) quien con sus dos primeras críticas (a la razón pura y a la razón práctica) había tratado de reconciliar esa razón de cabeza orgullosa      -que englobaba el racionalismo y el empirismo inglés (el cual, cabe decir, era también inevitablemente cartesiano)- con la libertad entendida como espacio suprasensible, concepción que prefiguraba la entronización filosófica del sujeto libre que realizaría el idealismo alemán.
            La Crítica del juicio, publicada en 1790, es reconocida por contener la teoría estética, pero no es una obra de estética. Si bien Baumgarten había inaugurado la disciplina sobre lo bello a partir de la articulación sistemática de las consideraciones estéticas que hiciera Leibniz, esta Crítica pretende salvar el abismo que se ha abierto entre la esfera de la razón pura y la de la razón práctica: «se ha abierto un abismo infranqueable entre la esfera del concepto de la naturaleza como lo sensible y la esfera del concepto de libertad como lo suprasensible, de tal modo que del primero al segundo (por medio del uso teórico de la razón) ningún tránsito es posible» (CJ, Introducción, §II).
            El salvoconducto que permitirá trazar un puente de una dimensión a la otra será la facultad de juzgar, entendida como la propiedad de pensar lo particular como contenido en lo universal. En este sentido, Kant distinguirá entre el juicio determinante y el juicio reflexionante: en el determinante lo dado es el universal, y el juicio subsume los particulares; en el reflexionante, lo dado es el particular, para el cual ha de encontrarse un universal.
            No ha de olvidarse que la perspectiva kantiana, en esta tercera Crítica, no deja de ser transcendental: entonces, cabe preguntarse por el principio a priori que hace posible el juicio. Puesto que en el juicio el entendimiento se mueve entre las leyes necesarias y los acontecimientos empíricos, debe regirse por leyes inductivas; pero claro está, éstas no pueden ser necesarias y universales. Entonces, Kant asevera que el principio a priori que hace posible el juicio es el principio de finalidad en la naturaleza: «como si un entendimiento (aunque no sea el nuestro) lo hubiese dado a nuestras facultades de conocer para hacer posible un sistema de la experiencia según leyes particulares de la naturaleza. Esto no significa que se tenga que admitir efectivamente un entendimiento como este» (CJ, Introducción, §IV).
            Como señala Eusebi Colomer, la facultad de juzgar no actúa determinantemente (no constituye nuevos objetos, pues este es el cometido del entendimiento) sino reflexionantemente; esto es, proyecta sobre los objetos ya constituidos por el entendimiento el principio a priori de finalidad y «con ello ya está dicho que la validez de este principio no es objetiva, sino subjetiva. El principio de finalidad no es constitutivo de la experiencia, como el de causalidad, sino regulativo y heurístico»[2].
            La facultad de juzgar permitirá la reconciliación de la esfera teórica y práctica en la medida que Kant establece una relación entre la facultad de juzgar y el sentimiento: mientras el uso del juicio determinante no despierta ningún eco afectivo, el juicio reflexionante -al no estar vinculado a una finalidad particular- engloba un uso teórico (unidad racional) y uno práctico (el bien moral). Cumple, entonces, las condiciones para despertar sentimiento de placer.
            Aparentemente, la cuestión estética es sólo ocasión paradigmática de este tipo de juicio: es por esto que Kant se ocupará del juicio del gusto. Para introducir la cuestión, podemos afirmar que el sentimiento inmediato de placer que se da en la aprehensión de la forma de un objeto en la intuición y la reflexión sobre su forma, induce al sujeto a declarar bello el objeto. Jèssica Jaques, en su introducción a la Crítica del juicio, nos avisa de no incurrir en la crítica de formalismo: el placer estético es placer en la aprehensión de la forma y en la reflexión; no es, ciertamente, un placer estrictamente intelectual, como tampoco estrictamente sensible[3].
            Esta aprehensión placentera, según Kant, nos permite sospechar la adecuación de las facultades al objeto y del objeto a las facultades, según el libre juego de estas facultades. De nuevo nos encontramos con un giro subjetivista: la finalidad estética será siempre subjetiva en la medida que la relación se da en términos de reflexión[4]. Este libre juego de las facultades está en la base de la comunicabilidad del juicio estético, que se definirá en términos de validez universal subjetiva.
            El problema sigue, entonces, a nivel transcendental: ¿cómo son posibles los juicios estéticos con valor universal? Para responder a ello, Kant propondrá reducir su teórica estética a cuatro tesis básicas, cuatro momentos del juicio del gusto:
            1) «lo bello es el objeto de un placer desinteresado» (CJ, I/1, §V)
            2) «lo bello es lo conocido sin conceptos como el objeto de un placer universal»   (CJ, I/1, §VI)
            3) «la belleza es la forma de la finalidad de un objeto, en cuanto ésta es    percibida sin la representación de un fin» (CJ, I/1, §XVII)
            4) «lo que es conocido sin concepto como objeto de una satisfacción necesaria»   (CJ, I/1, §XXII)
Con la primera tesis Kant alude a un placer meramente contemplativo, no utilitario (pues no depende de la apetición o el deseo): por eso mismo puede ser un placer compartido por varios sujetos en situaciones distintas. La segunda tesis se postula contra las tesis racionalistas (como la de Baumgarten) y se prefigura como una confirmación de la primera tesis, pues el conocimiento sin conceptos me permite ser "libre" ante la obra, expresa el no sé qué que todos por igual podemos sentir delante de ella.
            La tercera tesis es la que encarna la antinomia de la belleza como "finalidad sin fin". Aquí se hace patente que Kant está pensando primariamente en la belleza natural: percibir una finalidad sin un fin determinado es captar algo que es inteligible sin saber a qué idea corresponde. En otras palabras: es la expresión de la adecuación de objeto y facultades en el libre juego de éstas. La cuarta y última tesis afirma el valor de necesidad subjetiva del juicio estético, exigencia que se justificaría -en último término- en una disposición común de los sujetos, en la comunidad de facultades.
2.2 El placer desinteresado como anatema estético
En nuestra aproximación a Kant nos centraremos en el primer momento del juicio estético, pues creemos que en él está la base para la subjetivización de la estética. A diferencia de aquello bueno o de aquello agradable, el juicio del gusto es desinteresado: «contrariamente, el juicio del gusto es meramente contemplativo, es decir, es un juicio que, siendo indiferente a la existencia de un objeto, solamente liga su disposición al sentimiento de placer o displacer» (CJ, §V).
            La intersubjetividad y universalidad del juicio estético que se exige en la segunda tesis se basa también en el desinterés: el sujeto «no juzga simplemente para él, sino para cualquier persona, y habla de la belleza como si fuera una propiedad de las cosas» (CJ, §VII). Es precisamente porque no nos interesa, por el hecho de no estar determinado ni por la razón teórica ni por la práctica que todos los hombres podemos situarnos del mismo modo ante la belleza. Kant ha puesto las bases para una validez universal subjetiva, que -a diferencia de la necesidad teórica o la necesidad práctica- toma la forma de necesidad ejemplar: una necesidad subjetiva que se formula como si fuera objetiva.
            La tesis del desinterés está unida a la cuestión de la autonomía del arte, pues en la época de Kant la esfera del arte dejaba de estar ligada a una función religiosa o institucional, deviniendo así un espacio crítico, de libertad[5]: en la sociedad burguesa había una clara dialéctica que, de un lado, proclamaba la emancipación del individuo en su vida privada, mientras que, por el otro, se le negaba está libertad en la praxis social. Peter Bürger, en Teoría de la vanguardia, lo anuncia así: «la propuesta kantiana también coloca la libertad del arte frente a las violencias de la sociedad burguesa en formación. Lo estético se concibe como un ámbito ajeno al principio de máximo beneficio que domina sobre la totalidad de la vida»[6].
         El desinterés kantiano no debe malinterpretarse como la reducción del espacio artístico a una esfera recreativa, a la metamorfosis del arte en divertimento. Nietzsche así lo hizo, contraponiendo la consideración kantiana a la definición del arte de Stendhal como promesse de bonheur[7]. En Kant no sé da un desinterés por lo bello; es más, el interés es máximo, pues es en él que el hombre puede realizar efectivamente su humanidad (será Schiller quien posteriormente explorará esta vía): el pensador de Königsberg tan sólo se sirve del término desinterés para distinguir el placer estético del placer de aquello agradable, útil o bueno.

            En su Teoría estética (1969) Adorno discute paralelamente la cuestión del desinterés en Kant i en Freud[8]. Apunta, primero, a la definición kantiana de interés como «el agrado que encontramos en la representación de la existencia de un objeto» (CJ, §II) y considera que no está claro si se refiere al objeto tratado en la obra de arte o a la obra de arte misma: «el acento en la representación se sigue del enfoque subjetivista (..) de Kant, que en concordancia con la tradición racionalista (..) busca implícitamente la cualidad estética en el efecto de la obra de arte sobre su contemplador»[9].
            La crítica de Adorno se completará con una refutación de la tendencia a la objetividad o validez universal subjetiva a la que tiende Kant: «en ninguna obra de arte es esencial lo que cada uno tiene que ser de acuerdo con su concepto puro. La formalización, un acto de la razón subjetiva, arrincona el arte en ese ámbito meramente subjetivo y finalmente en la contingencia de la que Kant quería sacarlo»[10].
            Las dos objeciones de Adorno nos interesan en relación al proyecto de Schiller: si bien es discutible que la objetivación (a partir de la formalización en conceptos generales) sea tal cosa en Kant[11], Schiller sí caería en esta aporía, pues su determinación objetiva del arte pasa por -en un giro idealista- atribuir subjetividad al objeto (insistirá en el carácter productor del sujeto plasmado en la obra, y en el reconocimiento del sujeto en la obra). En este sentido, Schiller sería cómplice de convertir el desinterés kantiano en desinterés absoluto por la obra: lo estético se reduciría a un jugar del hombre consigo mismo, un placer solipsista que denunciará Gadamer bajo el nombre conciencia estética[12].

3. Schiller: del desinterés kantiano a la distinción estética
En la obra de Schiller se da un giro importante respecto a Kant: éste, al hablar del juicio del gusto, piensa primariamente en la belleza natural (aún así mezcla ejemplos del arte y de la naturaleza indistintamente). Una prueba de ello está en la cuestión del genio, que es definido por Kant como las reglas que la naturaleza da al sujeto creador. En este sentido, distinguimos entre un belleza pura (puramente formal, finalidad sin fin) y belleza adherente (del modo que se presenta en los objetos, en la experiencia).
            Schiller pasa a ocuparse del arte artístico, lo cual implica un desplazamiento hacía la belleza adherente. Esto será un problema en la medida que si Schiller quiere seguir a Kant en considerar el gusto como placer desinteresado, deberá aportar alguna solución a la mezcla de placer estético y placer intelectual que se da en los artefactos.
            De entrada, Schiller presenta su propuesta como radicalmente opuesta a la de Kant: busca una determinación sensible-objetiva de belleza, un concepto objetivo que se define no sólo como algo que se encuentra en el objeto bello, sino también en cuanto el sujeto experimenta -en su relación con el objeto bello o experiencia estética- una objetivación de su mismo ser[13]. En su crítica al subjetivismo kantiano, opone el carácter sensible, fenoménico, en el cual ha de fundamentarse la objetividad.

            El idealismo incipiente de Schiller aflora aquí: la objetividad ha de buscarse a partir de la referencia del fenómeno al sujeto; esto es, en la obra de arte hay una autoexposición o autorepresentación de la subjetividad. La supremacía de la belleza artística se justifica precisamente en que la forma del objeto artístico depende de la representación subjetiva; es en tanto que producida por un sujeto, formada por él, que la objetividad alude tanto al sujeto como al objeto y su relación.
            Así las cosas, Schiller puede afirmar que en la belleza adherente contiene una finalidad, responde aún a una razón teórica. Puede afirmarlo porque considera que está será superada y imbuida por la forma de la belleza: «la belleza se muestra justamente en todo su esplendor cuando supera la naturaleza lógica del objeto, y, ¿cómo no puede superarla si no encuentra ninguna resistencia? ¿Cómo puede dar su forma a una materia enteramente informe? Yo tengo cuando menos la convicción de que la belleza es sólo la forma de una forma»[14].
            Encontramos entonces una primera definición de belleza: como forma de una forma; esto es, como superación de la forma lógica por parte de la forma estética, fruto de la autoexposición del sujeto en la obra. No obstante, Schiller saltará de un concepto de belleza a otro en cuanto quiere caracterizar diversos aspectos relevantes de la producción estética. En primer lugar, Schiller mantiene la tesis kantiana del placer sin concepto, de modo que entiende la acción estética, la producción artística, en analogía a la acción libre: definirá la belleza como libertad en la apariencia[15].
            Mientras que en Kallias la cuestión de la belleza alude solamente al carácter fenoménico de los objetos, en las Cartas hablará de apariencia estética en cuanto esencia de la belleza artística: es el carácter propio de la obra de arte en cuanto forma de una forma. En la carta XXVI caracteriza la apariencia estética como «una apariencia que no pretenda substituir la realidad, ni necesite que la realidad la substituya. La apariencia estética no puede nunca resultar peligrosa para la verdad moral»[16]. Precisamente esto será lo que Gadamer reprochará a Schiller: que lo estético haga abstracción de la realidad, que se presenta como mera apariencia autónoma.
            La última definición de belleza que nos interesa es la que presenta para tratar la cuestión de la belleza natural. Afirmará que «un producto natural es bello si aparece libre en su conformidad con el arte»[17]. La cuestión, claro está, es ver què concepto de naturaleza está manejando: la asimila al concepto de natura naturans de Spinoza. Esto no debe sorprendernos en la medida que aquello que hacía bello un objeto era el carácter productivo del sujeto, la autoexposición de su propia subjetividad. Schiller no puede volver a la concepción kantiana y dar marcha atrás en su propósito: la belleza natural no puede ser sólo subjetiva. Aún así, si el sujeto no da sus propias reglas al objeto, con éste no podemos relacionarnos estéticamente, sino sólo teoréticamente: es tan sólo forma, requiere de un sujeto que forme esa forma para que pueda erigirse como apariencia estética.
            Por lo tanto, Schiller caracteriza la naturaleza como un sujeto autónomo que se da sus propias reglas, se produce a sí mismo. Así es como la belleza natural es referida a la subjetividad: la forma estética no es otra cosa que un producto de la consciencia, y el placer que experimentamos al contemplarla se debe a que el sujeto se reconoce en su propia acción. Se ha eliminado entonces el predomino de la belleza natural como expresión de la pura belleza que había en Kant.
            En suma, Schiller ha desplazado la primacía del placer desinteresado que había en Kant hacía una objetivación de la estética en la obra de arte: ya no se trata del libre juego de las facultades en la contemplación (lo bello considerado desde la perspectiva de la recepción) sino del carácter productivo del sujeto; se trata de la capacidad de tratar los objetos, de darles forma, de un modo tal que esta se eleve por encima de la materia como pura apariencia. El libre juego de las facultades ha devenido un impulso[18], y  el hombre ha pasado de recibir placer desinteresado en ese juego, a requerir de una educación para ese juego[19].
            La palmaria certeza de ese desplazamiento se confirma en la novena carta: «el arte, como la ciencia, está libre de todo lo que es positivo y de todo lo establecido por las convenciones humanas, y ambos gozan de absoluta inmunidad»[20]. Lo estético deviene impermeable y distinto del mundo.


[1] Safranski, R; Schiller o la invención del idealismo alemán, Tusquets, 2011, Barcelona. Pág. 56.
[2] Colomer, E; El pensamiento alemán de Kant a Heidegger. Herder, 2002, Barcelona.
[3] Kant, I; Crítica de la facultat de jutjar, Edicions 62, 2004, Barcelona. Pág. 23.
[4] «Cuando la simple aprehensión de la forma de un objeto de la intuición, sin relacionarla con un concepto de conocimiento determinado, va unido un placer, es por eso que la representación es referida, ya no al objeto, sino solamente al sujeto, y el placer no puede expresar nada más que la acomodación de aquel con las facultades de conocer» (CJ, Segunda introducción, §VII)
[5] Esta cuestión es la que preocupará a Gadamer: Schiller ahondará en la distinción, separando el arte del mundo como mera apariencia, como forma formada, para que este pueda ser un espacio de libertad para el hombre, radicalizando así la tesis del desinterés kantiano.
[6] Bürger, P; Teoría de la vanguardia, Península, 1987, Barcelona. Pág. 94.
[7] Marcuse, H; Acerca del carácter afirmativo de la cultura dentro de Cultura y sociedad, Sur, 1968, Buenos Aires.
[8] Adorno, T; Teoría estética, Akal, Madrid, 2011. Adorno apunta que lee a Kant en relación a Freud porque «ambos se orientan subjetivamente entre el enfoque negativo y el enfoque positivo de la facultad de apetecer. Para ambos, la obra de arte existe propiamente sólo en relación con la persona que la produce». Pág. 22.
[9] Ibídem. Pág. 21.
[10] Ibídem. Pág. 222.
[11] «no es posible ningún principio objetivo del gusto» (CJ, §43).  Es cierto que las consideraciones de Kant -acerca de la validez intersubjetiva del juicio del gusto basada en él como si y en el libre juego de las facultades- son un tanto pantanosas. Aún así, acusarlo -como hace Adorno- de caer simple y llanamente en la voluntad de objetivismo, nos parece obviar en demasía toda la carga teórica del pensamiento crítico de Kant.
[12] «Para ella [la consciencia estética] la obra de arte no pertenece a su mundo, sino que a la inversa es la consciencia estética la que constituye el centro vivencial desde el cual se valora todo lo que vale como arte» (Gadamer, H-G; Verdad y método. Pág. 125).
[13] Schiller, F; Kallias. Cartas sobre la educación estética del hombre. Anthropos, Barcelona, 1990. Introducción de Jaime Feijoó (pág. XXXII).
[14] Ibídem. Pág. 7.
[15] «dado que no puede ser libre nada más que lo suprasensible y que la libertad como tal no puede caer nunca en el terreno de los sentidos, en resumen, ya que aquí lo único que importa es que un objeto aparezca libre, y no que lo sea realmente, así pues, esta analogía de un objeto con la forma de la razón práctica no es libertad de hecho, sino sólo libertad en la apariencia, autonomía en la apariencia» (Schiller, F; Kallias. Pág. 19).
[16] Ibídem. Pág. 355.
[17] Ibídem. Pág. 89.
[18] Schiller substituye el libre juego de las facultades por la teoría de los impulsos de Fichte, la cual proponía -a partir del concepto de acción o determinación recíproca- coordinar y subordinar a la vez dos actividades. En este sentido, en Schiller el impulso de juego es el principio de acción de la belleza, que engloba en un movimiento dialéctico la facultad sensible y la facultad racional.
[19] «es conocido que de la idea primera de una educación a través del arte se acaba pasando a una educación para el arte» (Gadamer, H-G; Verdad y método. Pág. 122).
[20] Schiller, F; Kallias. Cartas sobre la educación estética del hombre. Pág. 171.