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5.20.2013

genealogia portàtil de la flexibilitat


Conceptes com el mecànic «treball fordista», «l'empresari gris» o el «conformisme institucionalitzat», segueixen essent fórmules metafòriques que no han perdut la seva vàlua com a mobilitzadores de sensibilitats. El ritme del nostre metabolisme verbal i mental requereix encara d'aquests conceptes, la importància dels quals és exacerbada pel discurs de la globalització: les nostres vides estan deslocalitzades, esdevenen làbils, líquides, modificades estructuralment per la mà invisible d'una tercera fase del capital que ens obliga a tenir una major disponibilitat, a acceptar la irregularitat en els horaris com si d'un renovat imperatiu categòric es tractés. Aquests discurs acostuma a mistificar, per bé o per mal, el concepte de flexibilitat.


Des de la dècada dels 90 la flexibilitat —entesa com la imbricació de la dimensió pública i la dimensió privada dels ciutadans— ha esdevingut un valor en alça, sense necessitat que tots compartim l'axioma marxià que fa del treball l'essència de l'home. La seva nova raó de ser és la modificació estructural del món empresarial. La flamant configuració del món globalitzat, amb internet en el paper de sobredeterminant d'aquestes transformacions, té com a corol·lari inevitable l'entronització d'un model laboral que sigui compatible amb aquest nou hardware social. No és d'estranyar que, en aquest context, les empreses hagin vist en la flexibilitat —del temps, dels contractes, dels salaris— la punta de llança del seu model de negoci i que, sota l'eufemístic nom de reengineering, es decantin per la reducció de llocs de treball, la retallada de salaris i l'imposició expansiva del treball en la vida privada dels assalariats.


Precisament és en aquest punt on vénen a incidir pensadors com Richard Sennett, el qual a La corrosión del carácter mostra fins a quin punt és nociva aquesta nova organització social del treball: la precarietat del treball va acompanyada d'un discurs —el de la flexibilització— que no ofereix un relat de vida, que no implica una ètica, que no ofereix un sentit lineal i acumulatiu de la pròpia dimensió del treball. Com destaca Sennett, «flexibilitat» és una paraula que entra en l'idioma anglès al s. XV i que designa la capacitat de l'arbre per cedir i recuperar-se; és la posada a prova i la restauració de la forma original. 

[Article publicat originalment a Núvol. Cliqueu-hi per seguir llegint]

3.14.2012

De panópticos e intimidades

El desafortunado y explícito título El declive del hombre público ha condenado a Richard Sennett a ser el blanco habitual de toda crítica que tenga por objetivo señalar como la intimidad, lejos de retroceder a las trincheras de la interioridad celebrada por ascetas y pensadores, se ha convertido en plataforma performativa y pública. En esa línea son ya conocidas las palabras de Illouz: «el yo interior privado nunca tuvo una representación tan pública ni estuvo tan ligado a los discursos y valores de las esferas económica y política [...] El establecimiento del yo como asunto público y emocional encuentra su expresión más fuerte en la tecnología de Internet, una tecnología que presupone y pone en acto un yo emocional público».

No quiero aquí perderme en disquisiciones barrocas acerca de la sociología de las emociones y la codificación política de la intimidad como discurso público, sino hablar del "último" fenómeno televisivo del mundo de las teleseries, Black mirror. Es un tríptico formado por tres capítulos autónomos, que tienen en común la temática crítica o, más bien, la puesta en cuestión de la representación tecnológica (ya sea televisiva o biotecnológica).

            El primer episodio se puede situar en el contexto de la televisión metacrítica: se inscribe en la línea que va de Videodrome a Inland Empire. La televisión como medio perverso, como instrumento de domino político, la televisión como opio del pueblo. Pero Black mirror va más allá: la televisión deja de ser juzgada como instrumento ideológico para devenir mero soporte de representación de una realidad venida a menos, convertida en reality show. La maquinaria televisiva es sólo un engranaje imbricado en los mecanismos de Internet: Facebook, Twitter, Youtube.

            La trama es simple: un desconocido grupo terrorista secuestra la princesa de Inglaterra, y manda un video a Youtube de ésta pidiendo que, si no quieren que la maten, el primer ministro inglés debe aparecer en televisión y follarse a un cerdo (a la dogma 95, dicen, con un velo poco velado de ironía). Las instrucciones son claras y simples: el guión, soberbio. Lo que observamos es como las redes sociales, junto con la televisión, impiden que el gobierno sea capaz de controlar la situación: el mismo poder socializado y celebrado que ocupó la primavera árabe, ahora es puesto en escena como arma terrorista.


            Aun así, este ejercicio retórico y crítico que supone el primer episodio, sería menos efectivo si no contara con un contrapunto necesario: el tercer episodio. En el primero vemos como la tecnología es capaz de poner en juego unos mecanismos que, a través de la coacción, son capaces de llevar a la pantalla una escena escabrosa, y que esta se convierta en "la primera gran obra de arte del s. XXI". La intimidad es expuesta y pública: pero aquí aún hay algo amanerado, construido. El tercer episodio, en cambio, supone -aparentemente- un paisaje irreal: es un relato de ciencia ficción, un relato de como la biotecnología podría cambiar nuestras vidas. Por lo tanto, a primera vista, todo apunta a que el mundo diegético que se nos describe, aunque coherente, está más alejado.

            La ficción se nos presenta en una ambigüedad axiológica acerca de si es un relato utópico o distópico: los habitantes de ese futuro cercano poseen un pequeño microchip que les permite almacenar todos sus recuerdos en archivos que puede volver a mirar. Además, es fácil proyectar los recuerdos en cualquier pantalla (y esas pantallas globales, como en nuestra sociedad, son omnipresentes). Dejando a un lado el elevadísimo valor cinematográfico del episodio, ahora nos encontramos con que lo que la televisión (las pantallas) representan  y reproducen públicamente son los recuerdos, vividos subjetivamente, de los personajes.

            La parábola es tan evidente que ni hace falta mencionarla. Ahí está el panóptico foucaultiano de Vigilar y castigar: «es el hecho de ser visto ininterrumpidamente, de siempre ser susceptible de ser visto, el que mantiene al individuo disciplinario en su sujeción. El examen, la observación, es entonces la técnica a través de la cual el poder, en vez de emitir señales de fuerza, en vez de imponer su propia marca en sus sujetos, los fija en un mecanismo objetivamente».


            Lo que me interesa, no obstante, es ver como esa intimidad filmada, objetivada, y expuesta públicamente no se aleja de la representación de la intimidad que ya se da en las redes sociales: la única distinción es de grado. Y mientras en el primer episodio vemos la fuerza de esas redes desbocada y al servicio de un terrorismo sui generis, en tanto que acto terrorista, nos parece algo otro, por muy verosímil que nos parezca. La intimidad es acechada y expuesta públicamente, sea de un modo u otro: en Black mirror no hay una condena moral de este estado de cosas, sino que más bien es una obra mimética en el ortodoxo sentido aristotélico; es decir, de lo que se trata es de recrear las posibilidades de la realidad.




4.17.2011

Roberto Esposito o el pensamiento de lo impersonal (2)

Finalmente encontramos la propuesta de Esposito de un pensamiento, de un práctica, de lo impersonal: no se trata de repudiar el término persona sino de revalorizarlo. Para logarlo parte de tres ámbitos distintos: la justicia, la literatura y la vida.
                En relación al tema de la justicia recupera el pensamiento de Simone Weil, quien denuncia el carácter particulista y, por tanto, excluyente de la conjunción entre derecho y persona: cree que el único modo de pensar una justicia universal ha de encontrarse en aquello impersonal, “es aquello que da la vuelta a lo propio haciéndolo impropio”[1][1]. Weil no quiere negar la persona: la función de lo impersonal es eliminar el bloqueo interior dentro de la persona, su mecanismo de discriminación y separación.
En el campo de la literatura Esposito recupera la obra de Blanchot, quien abre el camino hacia lo impersonal en la escritura, “rompiendo la relación de interlocución que en la palabra dialógica vincula la primera y la segunda persona”[2][2]. Se busca una descentramiento de la voz narrativa, una renuncia por parte del escritor a favor de la impersonalidad de una historia representada por personajes que ellos mismos están privados de identidad (está pensando en las aportaciones de Musil i Kafka): la impersonalidad penetra en la estructura misma de la obra, “exponiéndola a una continua salida de sí”[3][3].
El tercer elemento que Esposito quiere relacionar con el paradigma de lo impersonal es la vida, y en filosofía ha sido tratado por Foucault y Deleuze: el camino de la deconstrucción de la persona pasa por el pliegue de la vida (en tanto que inmanencia) sobre sí misma, eliminando cualquier figura de transcendencia. No por casualidad la idea que corona este pensamiento es la de “devenir animal” de Deleuze. Hay una reivindicación de la animalidad como nuestra natura más intrínseca: “el devenir animal del hombre, y en el hombre, significa – y exige- la disolución del nudo metafísico presente en la idea y en la práctica de la persona, a favor de un modo de ser hombre, ya no en camino hacia la cosa, sino finalmente coincidente sólo consigo mismo”[4][4].
Esposito quiere mostrar como el concepto de persona, con la carga teórica de que va acompañado, deviene un elemento negativo para el propósito que persiguen aquellos quienes lo promocionan. Es este el motivo que lo lleva a hablar de un pensamiento impersonal: quiere dinamitar la noción de persona para poder así reconciliar al hombre con el hombre. La noción de persona va acompañada siempre de un desdoblamiento, eso es, de un límite, una distinción: esto es persona, esto es cosa. Esta taxonomía es clava en el sí de un sistema biopolítico: si hay una primacía ontológica de la vida de la persona respecto de las otras formas de vida, entonces –como Esposito apunta- el paso de la biopolítica a la tanatopolítica es muy pequeño.
La voluntad de tender hacia un espacio de impersonalidad es un tema que, formulado de distinta forma, estaba ya, como hemos visto, presente en la obra de Foucault: fue él quien puso de manifiesto el trabajo de la norma en nosotros, quien señaló como el hombre era capaz de autoimponerse ciertos preceptos; en otras palabras, apunto al poder de subjetivación a partir de las tecnologías del yo. Parece que Esposito tiene presente la idea foucaultiana de perder el rostro: “Más de uno, como yo sin duda, escriben para perder el rostro. No me pregunten quién soy, si me pidan que permanezca invariable”[5][5]. Si Foucault halaba de la experiencia de autotransformación y des-subjetivación en la escritura –tanto en la filosofía como en la literatura- no es extraño que Esposito se decante también por esta y se centre tanto en Foucault como en el trabajo teórico de Blanchot.
Por lo tanto, y ya a modo de conclusión, se puede decir que lo que Esposito está haciendo responde –en gran medida- al proyecto foucaultiano: parte de uno de los conceptos que más fortuna ha hecho (y sigue haciendo) durante les últimos años y se propone su genealogía, teniendo por objetivo mostrar la inadecuación del mismo. A partir de aquí entronca con el trabajo de des-subjetivación, renombrándolo bajo el nombre de pensamiento de lo impersonal, y entiende esta empresa como una forma de reconciliar al hombre con sí mismo –viejo ideal humanista- , como una forma de suprimir esa escisión interior que origina el concepto de persona.


[1][1] Esposito, R; Términos de la política. Comunidad, inmunidad, biopolítica
[2][2] Ibídem
[3][3] Ibídem
[4][4] Ibídem
[5][5] Foucault, M; La arqueología del saber, Siglo XXI, 2009, Madrid

4.10.2011

Roberto Esposito o el pensamiento de lo impersonal (1)

(Comentario del capítulo 11 de Términos de la política. Comunidad, inmunidad, biopolítica de Roberto Esposito. La primera parte es una reflexión acerca del concepto de persona y la segunda trata de la posbilidades de superar el concepto)

Si podemos enunciar, simplificando, que el objetivo principal del pensamiento de Roberto Esposito es el de ofrecer un aparato conceptual nuevo que permita comprender los fenómenos del presente[1][1], y para su propósito se sirve de la concepción biopolítica de Foucault, es fácil observar como este objetivo de carácter prescriptivo ha de ir acompañado de un trabajo negativo, de denuncia, respecto de un instrumental conceptual que ya no es válido. Así las cosas, podemos afirmar –a grandes rasgos- que aquello que aquí hace Esposito es una deconstrucción del concepto de persona a partir de su genealogía. Pero esto no sino un medio: su objetivo final es mostrar la obsolescencia y la inadecuación del término persona como instrumento de análisis responde al doble desdoblamiento que provoca en el objeto al que se aplica –desdoblamiento respecto de si mismo y respecto de los otros-. Por este motivo Esposito propondrá una filosofía de lo impersonal[2][2], no como una forma de negar el concepto de persona, sino de transcenderlo para reconciliar así los desdoblamientos que este provoca. Por vamos paso a paso.
Esposito empieza poniendo de manifiesto que hoy en día la noción de persona se ha convertido en el referente de todo discurso, ya sea filosófico, político o jurídico, que esté dedicado a reivindicar el valor de la vida humana: como ejemplifica la disputa entre cristianos y laicos por el tema de los embriones, devenir persona es visto como el paso crucial de la material biológica a algo de carácter intangible. Entonces, la noción disfruta de una primacía ontológica absoluta, puesto que sólo la vida que ha traspasado ese límite simbólico que es la noción de persona puede ser considerada una vida apreciable. Además, eso viene avalado por el derecho jurídico: el sujeto de derecho no es otro que aquel que puede ser considerado persona.
 “Persona” es un término que después del nazismo se ha impulsado como noción universalmente válida que hiciese posible la expansión de los derechos fundamentales de los seres humanos (es el caso de Hannah Arendt). Incluso la reflexión sobre la identidad (y así, sobre la persona) es el único punto de contacto en filosofía entre el pensamiento analítico y el así llamado continental, de manera que esta corriente –a la cual se puede sumar el reavivamiento de la mano de Ricoeur del personalismo- y con ella, el concepto de persona, devienen elementos hegemónicos de la reflexión contemporánea. En palabras de Esposito: en suma, si hay en la cultura contemporánea un punto de convergencia incontestado, casi un postulado que actúa como condición y fuente de legitimación para todo discursos <<filosóficamente correcto>>, éste es la afirmación de la persona –de su valor filosófico, ético, político[3][3].
Una vez hecha esta constatación Esposito se pregunta por los resultados, puesto que una mirada al panorama internacional muestra como entre los derechos humanos se cuenta el derecho a la vida como uno de los más fundamentales: a pesar de esto, parece ser el más contradicho por el mundo; o lo que es lo mismo, por la guerra, por los millones de personas que mueren de hambre. Entonces, de donde procede la referencia normativa a los valores de la persona como universal? – se pregunta Esposito. Una posible respuesta aduce que es debido a la parcialidad, a la no total aplicación del concepto de persona, que se producen ese tipo de fenómenos. Esposito, en cambio, entiende todo lo contrario: es por su su invasión, su exceso[4][4]. Para él la categoría de persona no reconcilia, no rellena el hueco entre derecho y hombre, sino que lo hace más grande: el problema no es no haber entrado debajo el dominio de la persona, sino más bien el no haber salido aún.
El concepto de persona aparece entonces como un auténtico discurso performativo, como una larga historia a sus espaldas, cuyo primer efecto es el de borrar su propia genealogía[5][5]. Parte de una doble raíz, cristiana y romana, y Esposito cree que lo principal es el efecto de desdoblamiento, que se hace patente en la idea de máscara: es algo pegado al rostro del actor, pero que nunca coincide con este –aún en el caso de la máscara mortuoria- y, por lo tanto, hay una escisión originaria, que en el caso del cristianismo expresa la no coincidencia de la persona con el cuerpo viviente.
Ahora pasa a considerarlo desde el punto de vista de la experiencia jurídica romana, puesto que entre las múltiples tipologías de hombre que prevé o produce ese sistema, hay el concepto de persona: su definición nace en negativo a partir de la diferencia que se presupone respecto de aquellos que no lo son. Además, nadie nace persona, puesto que hay todo un proceso de selección y exclusión que, según Esposito, traspasa a los sistemas jurídicos modernos: tienen en común la diferencia entre la cualidad de la persona y el cuerpo del hombre sobre el cual se implanta. Por lo tanto, no sólo persona no coincide con homo (..) sino que se define en esta diferencia misma. Es éste el motivo originario (..) por el que la categoría de persona no permite pensar un derecho propiamente humano, haciéndolo imposible. Persona es el término técnico que separa la capacidad jurídica y la condición natural del ser humano[6][6]”.
A partir de este punto hay un salto del derecho romano a la revolución francesa, y apunta a como la declaración de los derechos humanos está también travesada por la distinción entre aquello propiamente subjetivo y una parte biológica, animal, dando así lugar a una doble separación: la primera en el interior del hombre, entre parte racional (susceptible de ser “personal”) y la animal; la segunda distinción es entre aquellos hombres en que la parte racional o personal domina (serán, evidentemente, las personas) y aquellas en que domina la parte animal. Eso es, precisamente, lo que había visto Heidegger en la consideración de que el hombre como animal racional conduce a antinomias[7][7].
Por lo tanto, la noción de persona es un dispositivo “separador y excluyente que (..) atraviesa y trasciende la oposición tradicional entre cultura laica y cultura católica[8][8] y que, según Esposito, tiene su máxima expresión en la bioética de origen liberal: toda atribución de personalidad supone excluir parte de la vida, de forma que es un mecanismo que superpone o yuxtapone hombres-humanos y hombres-animales. Esto es así hasta el punto que el dispositivo de persona es un instrumento conceptual a través del que se puede llegar a tratar la muerte (aborto, eutanasia).






[1][1] Él mismo anuncia, en el resumen que el mismo hizo de su obra  Bíos. Biopolítica y filosofía (Amorrortu, Buenos Aires, 2006)  que: “la impresión es que continuamos moviéndonos dentro de una semántica que ya no es capaz de devolver trozos significativos de realidad contemporánea; se queda, en todo caso, en la superficie o en los márgenes de un movimiento que es mucho más profundo”.
[2][2] A este tema Esposito dedicará todo un libro: Tercera persona. Política de la vida y filosofia de lo impersonal (Amorrortu, Buenos Aires, 2009).
[3][3] Esposito, R; Términos de la política. Comunidad, inmunidad, biopolítica
[4][4] Ibídem
[5][5] Ibídem
[6][6] Ibídem
[7][7] Lo señala también Peter Sloterdijk en Reglas para el parque humano (Siruela).
[8][8] Ibídem

4.03.2011

suplicio de tántalo

En el prefacio de Las palabras y las cosas[1], Michel Foucault relata que su libro nace de un texto de Borges, “de la risa que sacude al leerlo, todo lo familiar al pensamiento”, y ese texto no es otro que “cierta enciclopedia china” que reproduce Borges en El idioma analítico de John Wilkins[2], donde está escrito que “los animales se dividen en a) pertenecientes al emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas”. Este texto pone de relieve los resortes del lenguaje, los límites del pensamiento (de nuestro pensamiento), y de cómo esta taxonomía nos resulta inconcebible.
     Rayuela podría ser visto como un intento (¿cumplido?) de trazar, como Borges, el límite de lo concebible y lo inconcebible para poder así tratar de rebasarlo. Por eso uno de los temas que subsisten al largo de la novela, y que pude considerarse eje central de esta, es la desconfianza ante el lenguaje como herramienta para expresar el mundo. Las alusiones a esta condición son constantes: “No hagamos literatura (..) No saquemos a relucir las perras palabras, las proxenetas relucientes[3] o bien: “- Estás usando palabras –dijo Oliveira, apoyándose mejor en Etienne-. Les encanta que uno las saque del ropero y las haga dar vueltas por la pieza. Realidad, hombre de Neanderthal, míralas cómo juegan, cómo se nos meten por las orejas y se tiran por los toboganes[4].
     Los personajes que encarnan y dan a conocer esta desconfianza son principalmente Oliveira y Morelli. En el caso de Horacio ese desprecio hacia las perras palabras proviene de la consideración por la cual es el lenguaje que encierra la visión occidental, y por lo tanto racional, del mundo: así este aparece como herramienta y prisión, pues es el único medio para expresarse y a su vez es la cárcel, en la medida que nos impone una visión del mundo que pasa por dicotomías y definiciones, por una racionalización del mundo. Lo que a Horacio le molesta es ese hablar en nosotros del lenguaje que denunciaba Heidegger, el encorsetamiento que comporta el uso de un lenguaje, de unas palabras, que no son las nuestras, que están marcadas por el categorismo kantiano y el cogito cartesiano, paradigmas inexcusables de la Razón que tanto rehúye el protagonista.
     Una posible visión de Oliveira como perseguidor puede ejemplificarse en esta cruzada particular contra el lenguaje: su búsqueda no puede ser lingüística, pues al otro lado de las cosas no se puede llegar a través de las palabras, y esta es la razón de su voluntad de retorno a un espacio prelógico, atávico: “el logos que nos arranca vertiginosamente a la escala zoológica, es una estafa perfecta. Y el corolario inevitable, el refugio en lo infuso y el balbuceo, la noche oscura del alma, las entrevisiones estéticas y metafísicas[5]. Por lo tanto, para Oliveira el lenguaje es límite a superar, pues el mundo lo excede, y su propósito es romper con ese ideario que soslaya parte de la realidad, aquella que solo es aprehensible mediante la intuición: la realidad sensitiva e irracional, el mundo de la Maga.
     Como contrapunto a la posición de Horacio encontramos al viejo Morelli. En su caso la búsqueda no es vital, o no lo es primordialmente, pues ya no nos encontramos con la figura del flâneur de Baudelaire o el Antoine Roquentin sartriano, ya no es la acuciante existencia la que marca al personaje, sino que esta vez nos encontramos con un problema literario: la mímesis, la representación de la realidad en la literatura. Morelli, entonces, ejerce de embajador de Cortázar dentro de la obra: escritor sin obra del que solo conocemos sus comentarios, una suerte de teoría literaria  esparcida en forma de glosa. Él también siente la incapacitad y las limitaciones del lenguaje: “No es la primera vez que alude al empobrecimiento del lenguaje –dice Etienne-. Podría citar varios momentos en los que los personajes desconfían de sí mismos en la medida que se sienten como dibujados por su pensamiento y su discurso, y temen que el dibujo será engañoso. (..) Lo que Morelli quiere es devolverle al lenguaje sus derechos. Habla de espurgarlo, castigarlo (..) Morelli condena en el lenguaje el reflejo de una óptica y de un Organum falsos e incompletos, que nos enmascaran la realidad, la humanidad[6].
     Así las cosas, parece que tanto las reflexiones del doppelgänger de Cortázar, como las de Horacio Oliveira recaen –aunque por motivos diferentes- en una crítica del lenguaje. Por lo tanto, lo que aquí pretendemos es ver como Cortázar usa el lenguaje y de que medios se sirve para superar los problemas que sus personajes plantean en la obra. Aquí el juego tendrá un papel fundamental: será el instrumento con que Cortázar modelará el lenguaje para poder conseguir su objetivo, que no es otro que prescindir de los esquemas habituales como el principio de causalidad, el racionalismo, la coherencia psicológica de los personajes. O lo que es lo mismo, escribir siguiendo el proyecto morelliano.
     Pero lo peor de esa desconfianza hacia el lenguaje, ese instrumento engañoso, es su ambivalencia que antes habíamos apuntado: es la herramienta con la que se lucha y contra la que se lucha, terrible paradoja que muestra los límites humanos, lo inconcebible de esa enciclopedia china que reproduce Borges. Ese es el motivo por el cual Andrés Amorós, en su introducción a Rayuela, hable del lenguaje como círculo vicioso, como suplicio de tantálico del que no existe escapatoria[7].



[1] Foucault, M; Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas, Siglo XXI, 2009, Madrid.
[2] Borges, J.L; El idioma analítico de John Wilkins, dentro de Otras inquisiciones
[3] Capítulo 23
[4] Capítulo 28
[5] Capítulo 28
[6] Capítulo 99
[7] Cortázar, J; Rayuela, Cátedra, 2010, Madrid. Página 37.