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4.03.2012

La puta de Mensa: el vago erotismo de la cultura


Si queremos reflexionar brevemente sobre la relación entre lo que podríamos llamar cultura ideal y cultura reificada en la narrativa contemporánea, debemos no sólo hacer crítica literaria sino acercarnos a aquello que Eagleton etiqueta, no sin sorna, como "la teoría". Para ello debemos -claro está- empezar y terminar con las altas palabras del academicismo (o de las pocas ruinas que de ello quedan) porque, como decía Macedonio Fernández, no hemos venido preparados para improvisar.



1.

Lo que en un plano cotidiano se ha dado en llamar bovarysmo se define como una falta de reacción individual que lleva a obedecer a una sugestión del medio exterior, reacción que presupone, como es evidente, una falta de autosugestión. Este ejercicio mimético, la imitación de un deseo imaginario, situado en un tercero, es lo que René Girard estudia en Mentira romántica y verdad novelesca. Lo cierto es que a Girard le interesa la intersección de la literatura y la sociología: tomando como modelo la gran literatura de Cervantes, Proust, Stendhal y Dostoievsky, construye una teoría del deseo triangular, basado en la figura del mediador del deseo.

            Una afirmación fundamental que aparece en los primeros compases del estudio es la siguiente tesis: el mediador es imaginario, la mediación no. Por lo tanto, la reflexión de Girard girará en torno el concepto de mediación, el cual vendrá definido por la distancia que separa al modelo y su epígono. La mediación tomará, pues, muchas formas distintas y, en cierto modo, puede afirmarse que hay una gran corriente literaria -que por su dispersión y su obvia heterogeneidad no pueden ser reducidos a una corriente concreta (¿alguien dijo novela psicológica?)- que construye la narración encima de la distancia entre imitador y imitado, y explotan los rasgos concretos de la mediación que emerge.

2.

Si bien hay innombrables ejemplos clásicos más allá de los que se ocupa Girard, es possible ver como la relación de mediación se reformula en la narrativa contemporánea como una forma de extrema mediación externa, partiendo de la más absoluta de las rupturas con el pasado: hay una acentuada consciencia del tiempo como elemento performativo, de su relevancia estética. Es la enseñanza que se destila de Las ruinas circulares, de Borges: todo tiempo presente -como toda pretendida acción futura- no son más que imágenes dependientes de un pasado recursivo, circular, aunque no a la manera del eterno retorno nietzscheno -que el mismo Borges se ocupa de refutar irónicamente en Historia de la eternidad- sino acentuando la transformación de sentido, la modificación del horizonte hermenéutico que implican las manecillas del reloj.
            El Don Quijote de Menard es mejor que el de Cervantes porqué Menard ha escrito después de Nietzsche y de los hermanos James. Por lo tanto, los dos textos no son aquí idénticos, por bien que sean iguales: no nos vale el principio leibniziano de la identidad de los indiscernibles. O si nos sirve, pero si y solamente si nos atenemos a la más ortodoxa de las interpretaciones del pensamiento de Leibniz: el tiempo sería reducido en la definición de las cosas mismas, formaría parte de la esencia de las mónadas. Siguiendo esta lógica, el Don Quijote de Menard y el de Cervantes no serían idénticos, pues efectivamente tendrían una realidad numéricamente distinta. Una intuición semejante es expresada por Deleuze de Diferencia y repetición: la repetición que Menard haría del Quijote no sería una generalidad, ni un pensar sobre lo mismo, sino un pensamiento distinto. Como aclara Foucault en esa suerte de epílogo que es Theatrum Philosopicum, «la repetición ya no sería el triste cabrilleo de lo idéntico, sino diferencia desplazada».

            Este excurso sobre el valor del tiempo como elemento performativo y estético cobra relevancia al comprobar que la forma de medicación externa -que Girard define como aquella en que la distancia entre imitador e imitado es suficiente como para que las dos esferas de posibilidades no entre en contacto- se radicaliza en la postmodernidad y paraliza el impulso del imitador a partir de la toma de consciencia del hiato esencial que separa los dos esferas. La claudicación, ya sea en forma de rebeldía o de pasivo pesimismo, es el anatema o axioma que toda forma de honestidad literaria debe aceptar como inevitable.

3.

El sueño romántico, la disolución o negación del papel del mediador, es tanto más imposible como más extrema es esta mediación: más obscena se vuelve una narración, que como Las ninfas de Umbral, parece requerir viagra para funcionar, pues el sueño romántico, la sublimidad baudelariana que trata de recuperar para la mediación del yo poético, se convierte en una figura de cartón pluma.

            Se trata de recuperar una modernidad que se vuelve deforme por anacrónica: bebiendo de un existencialismo de segunda fila -heideggerismo destilado e iconografía sartreana- Umbral construye el relato de un artista adolescente que busca la sublimidad sin interrupción anunciada en una cita de Baudelaire, busca la literatura epigramática en los contornos sinuosos de una muchacha. Pero entiéndaseme bien: Umbral yerra en no buscar la poesía de los contornos, como sí hiciera Cabrera Infante en ese carnaval multitudinario que es La Habana para un Infante difunto (suerte de autoficción, de transposición ¿sexual? de la infancia ¿poco freudiana? que reconstruye o deconstruye o subvierte en un juego infinito de relatos que describen muchas mujeres que son solo una, pero eso es otro tema).

4.

La constatación más brutal de lo que hemos llamado extrema mediación externa tendría su trasunto cómico en "La puta de Mensa", relato de Woody Allen en Sin plumas. Primero adviértase -de la mano de Eduardo Mendoza- que no por cómica es menos literatura, pues «si el humor es percibido por la comunidad de los hablantes como algo postizo a la realidad, es decir, como un mero aditamiento, y no como el contenido mismo de la realidad que se describe, los que escribimos obras de humor (a diferencia de obras "con humor"), tenemos que replantearnos nuestra función» .

            Así, lanzada la captatio, podemos seguir. El relato de Allen constituye una parodia del género policiaco: su protagonista, el detective privado Kaiser Lupowitz (quien protagoniza también otro cuento, "El gran jefe") se ve envuelto en una investigación que tiene por objetivo resolver un caso sobre prostitución intelectual. Maridos recién casados, padres de familia, solteros empedernidos, buscan satisfacer sus necesidades intelectuales con jóvenes chicas: así, éstas son enviadas a mantener conversaciones sobre Milton, Hawthorn o Melville. Unas necesidades que, por supuesto, sus mujeres y esposas no pueden satisfacer.

            Vislumbramos, entonces, hasta qué punto puede calar la ironía de Woody Allen: el viejo sueño romántico de buscar la cultura ideal en la vida disoluta y las mujeres y sus contornos, esto es, la sublimidad que Baudelaire encontraba en una qué pasa, los retorcidos sueños del poeta maldito, ya no pueden ser repetidos sin más, ya no es posible sin reconocer ese abismo fundamental. La caída de la modernidad no trajo consigo la desaparición de los grandes relatos y, con ellos, los ideales, sino que los reïfico. No hace falta doblarse a las profecías adornianas de una industria cultural avasalladora y definitivamente mortal, pero sí reconocer el carácter anacrónico de toda forma literaria que busque construirse sobre la base de la distancia externa, repitiendo lo que Girard llamó mentira romántica.

2.13.2012

El acercamiento a Pleonasmo Chief

Las dos primeras cualificaciones válidas para Fresy Cool no me pertenecen, pero las apunto: «es una combinación algo incómoda» y «a game with shifting mirrors». Me sirven de introducción, pienso, y las dejo. Introduzco a continuación motivos varios para una síntesis de la novela: retrato realista de un mundo académico postapocalíptico; personajes enamorados que contemplan la intromisión en sus vidas de un terzo incommodo pero piensan eso tan racional de que ser snob en el amor es abocarse a los celos; el relato épico de la vida y obra de Pleonasmo Chief, personaje a caballo entre el miles gloriosus del Viejo Mundo de la Literatura y el héroe trágico que se ve abocado y superado por sus orteguianas circunstancias; «creo que piensas mejor que follas»; anamorfosis constante de Madrid; etcétera. Para la introducción ya me vale, pienso, pero aún así añado entre paréntesis ciertos motes clave que me ayuden a caracterizar la novela como artefacto literario (realismo capitalista; David Foster Wallace; afirmaciones de Girard sobre el genio novelesco y, en consecuencia: García Madero, Oliveira, Bustrófedon; fragmentación, perspectivismo y metanarrativa; sátira; roman à clef).
            Podría abordar la crítica del libro desde un doble punto de vista, formal y ideológico, si es que la partición es posible y, aunque lo sea, la cuestión es entonces si tiene algún significado. Lo haré de todos modos. Quedará bien. Qué va a saber la gente de a pie, populacho y mediocridad, gente como Olmos, que aunque escriba bien no tiene dinero y, ergo, no sabe de "ismos" y teoría literaria y literatura comparada y cosas de gente rica y refinada. Además, etiquetaré bajo la entrada a Bajtín, Umberto Eco, Robert Jauss y quizá hasta a De Man. Qué van a saber. Esta si es La parte de los críticos.
            Crítica a la forma, subrayaré, y citaré a Jameson con eso del milenarismo invertido, así como también y principalmente la conexión fundamental que se da entre la estructura formal de un texto artístico y las condiciones socioeconómicas imperantes. Por lo tanto, a modo de primer corolario, añadiré algo acerca del perverso monstruo capitalista de fuerzas metamórficas y omniabarcantes. Afirmaré, quizá, que «aún siendo susceptible a la crítica inherente a todo marxismo (por refinado que éste sea) de mantener vivos los valores hegelianos y, consecuencia directa, Totalitarios, creo, iba diciendo, que un acercamiento jamesoniano a Fresy Cool podría ofrecernos ciertas claves interpretativas: la forma de la novela, dividida en dos grandes partes (la segunda, a su vez, subdividida en siete partes) es la fragmentación perspectiva y el juego metanarrativo. Y esto, se sabe, es propio de nuestro tiempo, es el drama de nuestro tiempo, han caído los grandes relatos, la tecnología ha invadido las letras, el modelo por excelencia es el pastiche, el arte ya no es autónomo: toda crítica es una forma de hagiografía. Además, al centrarse en la redacción de Fresy Cool Sh*t por parte del personaje protagonista, Pleonasmo Chief, la anquilosante distinción realidad/ficción se ve desdibujada y, como en Inland Empire -la última opera prima de Lynch- nos vemos vertiginosamente lanzados a un juego especular que pone entre paréntesis toda la tradición».
            Sólo me faltará apelar a las risas enlatadas de Inland Empire como metáfora del histrionismo de alguno de los personajes más infames y estrambóticos que aparecen. Si no fuera muy poppy o afterpop o tardoposmoderno pondría un "jájájá" al final de la frase. "Anquilosante distinción realidad/ficción", "poner entre paréntesis toda la tradición". Jájájá. Ya puestos, cito a Borges y su concepción de la realidad, diciendo algo así como «laberíntica realidad plasmada en una forma textual que obliga al lector a un trabajo icárico, con los riesgos que ello supone» y, claro está, a continuación vendría Baudrillard. Y Juan Francisco Ferré, para dar un aire cañí a la crítica.
[Aquí el autor. Quiero decir el autor de verdad, de carne y hueso. (nada de metempsicosis simulacrales o muerte del narrador en las estructuras). Burlas aparte: redactar la crítica a modo de falso comentario metacrítico no es una máscara para esconder que no tengo nada que decir. No es una forma de bluf crítico: la forma del comentario es un recurso metodológico para comentar un texto que -si no es apelando a una supuesta hiperconsciencia postfosterwallaceana de la ironía y el desencanto de la literatura para con la literatura, de una modernidad caníbal con síntomas más que evidentes de agotamiento- es difícil de describir más allá del divertimento, el tête-à-tête con el lector y la carnavalización desenfrenada. Lo hago explícito, así, como en un aparte explicativo de un blockbuster, pero en forma de Advertencia al Lector. Así de grande es mi confianza en Él.]
Sin solución de continuidad vamos ahora a por la crítica "ideológica". Dejar claro que no va de marxismos, ni de falsa consciencia de clase. Ahondar en cierta ambigüedad en la definición de lo que llamo ideológico en un libro. Empezar por una caracterización negativa: no son las ideas en tanto que motivos básicos, ni la moral o la moraleja del texto. Nada de eso. Me limitaré a una vaga descripción por analogía a través de Oakeshott, con tono casual y desenfadado, eso propiamente cool. Además, citar a Oakeshott es +2 puntos para mi caché intelectual. Hablar de Oakeshott es exotismo cultural. Tono casual, de lo más in, me repito: «Es más bien una sensibilidad, una pauta cultural a la que el libro se suscribe. No hay actos ideológicos, sino actos que se suscriben a prácticas ideológicas. Me doy cuenta que estoy transponiendo las ideas políticas de Oakeshott en una suerte de economía política del signo literario».
            Ahora he de conectarlo con Fresy cool: dominio harto conocido por parte de Antonio. J. Rodríguez de los estudios culturales sobre la posmodernidad, que le permiten adoptar cierta distancia crítica y autocrítica; la comparecencia constante de DFW bajo múltiples formas y referencias, directas e indirectas: afirmar que «la influencia de DFW se da en distintos niveles: no solamente por aparecer bajo distintos disfraces narrativos, para que los lectores se paren a modo de "guiño-guiño, codazo-codazo" y satisfagan su narcisista ego borgeano, pudiendo sentarse modo pensador a decir "la literatura como palimpsesto, te lo dije, el lenguaje es un sistema de citas", sino también, iba diciendo, su influencia es patente en la caracterización emocional de los personajes, que parecen recién salidos de Entrevistas breves con hombres repulsivos pero con acento de Madriz, estigmatizados además por la interiorización del discurso terapéutico como única técnica para relacionarse con sí mismos. La vida social es un trabajo, chicos -parecen decir. Y no sólo eso, pues Antonio J. Rodríguez tiene presente esa sentimentalidad Fox superproducida, ha leído a Fernández Porta y a su musa marroquí: hablamos aquí de capitalismo emocional, producción de subjetividad y consciencia esquizofrénica ante el bombardeo mediático de esta producción (el amor romántico es ya una utopía visual): ser un fraude es the whole equation, que diría Fitzgerald».
            Así, así. Conectado con David Foster Wallace, lo que se espera de un crítico informado y leído. Debería aludir más a los relatos "El neón de siempre" y "La niña del pelo raro", sacar a relucir esa frase clave y el tema de la Felicidad Como Autorrealización Personal®, pero ya hablo de Illouz y si no me detengo ahora se me van a acabar todos los temas para lucirme. De otro lado, aunque no aparezca en Fresy cool debería aludir, pienso, a mi rechazo a la interpretación "superyoica" de la narrativa breve de DFW que Antonio J. Rodríguez propone en algún lugar. Quizá por un prurito académico, quizá por las connotaciones del término: «la intuición es buena, pero el término se refiere más bien a una interiorización normativa de unos valores (totémicos, digámoslo así) que son fuente de represión. No es una cuestión de consciencia atrapada, de una instintividad que no puede emerger. Más bien hablaríamos de autointerpretación, de hermenéutica terapéutica: no es la ley paterna, los incontestables valores de la tradición, aquello que encierra a los personajes en un bucle, sino la interiorización del mismo discurso psicoanalítico, de lo autoayudesco que va de Maslow a la psicología New Age y su sentido holístico, la sobreexposición del sujeto al ideal del éxito social y a la cultura del esfuerzo..» pero desarrollar tal crítica en ese contexto sería un acto de vanidad, comportarse como un pavo real y no estamos aquí para eso, ¿verdad que no?
            CONCLUSIÓN escribo en mayúsculas y negrita. Apartado final, balance. Me doy cuenta de que faltan juicios de valor, pues he tratado de desgranar ciertos elementos de la novela y he acabado en un acto onanista, sin criticar propiamente la novela. En cuanto a la forma de ésta, apunto, la primera parte es caótica y provoca una pérdida constante del lector, a causa de los cambios de punto de vista, la aparición y desaparición de personajes y espacios/tiempos narrativos, etcétera. Es la parte en que el juego metanarrativo es más claro, alusiones al supuesto autor empírico a.k.a Ibrahím Berlin, que para un lector que desconozca los avatares autobiográficos de la novela va a ser indescifrable. Reflexiono acerca de si el texto es realmente autónomo de su contexto de recepción, y creo que no. Anoto que «eso no es bueno». La segunda parte es más ortodoxa, aunque la concatenación de historias y la proliferación de dramatis personae que las más de las veces -como lectores- nos importan bien poco, la hace quizá menos interesante, con menos fuerza. Apunto, para preguntarme públicamente, si el capítulo "Homo Academicus" es una parodia de El comienzo de la primavera de Patricio Pron.
            «Sin embargo», empezaré (pues las adversativas siempre quedan bien, dan consistencia y son prueba empírica de la mente tortuosa e intricada de quien la enuncia), «lo mejor de Fresy Cool reside en lo que hemos llamado "ideología". Lejos de tomarse seriamente eso de Escribir, no toma posición histórica y abandona de este modo toda pretensión de superar o celebrar al Padre, y se mantiene siempre en el divertimento, en la recreación de su protagonista y sus allegados, Pleonasmo Chief, suerte de genio romántico que, como Antonio J. Rodríguez -y basta de apelar al autobiografismo- acusa el doble proceso de reconocer el legado literario sobre el cual asienta su poética (hace explícito el carácter mimético) a la vez que, secretamente, ocultamente, quizá, busca la originalidad romántica, la espontaneidad».
            Aquí es donde se debe citar a Girard con eso de que el genio novelesco se erige sobre actitudes románticas, y enumero a Bolaño (el desplazamiento de la búsqueda poética de Belano y Lima a la narración de García Madero), a Cortázar (y su entrañable y erudito Oliveira) y finalmente a Cabrera Infante (y la fragmentación de Tres tristes tigres, el juego que es su narración, los personajes ausentes, así como la acusada primacía lingüística en la obra). Nota al pie: entroncar Fresy cool en la tradición de Cabrera Infante y Cortázar se debe a la preponderancia del juego y la actitud satírica frente al romanticismo exacerbado de sus personajes.
            Finalmente, suma simple, aludir al título de la reseña y retomar la metáfora que es este mismo comentario y al que el título da la calve interpretativa: «Fresy cool no nos importa, como no nos importa Pleonasmo Chief. Lo mismo nos da que Pleo trabajara en un astillero. "Críticas y no obras", que dirían en Heidegger TV. De lo que se trata es de lo que pone en juego el texto, de poder decir que la escritura libérrima, o el ejercicio cervantino del que muchos de mis contemporáneos se jactan de emplear como reacción arriesgada frente a las fórmulas de bestsellers no vale nada, pero que tampoco sirve la parodia porque cuando uno habla de parodiar está blindándose contra cualquier mordisco a destiempo. Porque hablar de carnavalizaciones es protegerse con un chaleco antibalas. Se trata de dinamitar el rollo: hacer lo que se dice y lo contrario, usar la ironía posmoderna mientras se denigra de ésta, la sátira como género estructural.». Sentencio: «Fresy cool como el hermano bastardo e infame de El acercamiento Almotásim».

4.03.2011

suplicio de tántalo

En el prefacio de Las palabras y las cosas[1], Michel Foucault relata que su libro nace de un texto de Borges, “de la risa que sacude al leerlo, todo lo familiar al pensamiento”, y ese texto no es otro que “cierta enciclopedia china” que reproduce Borges en El idioma analítico de John Wilkins[2], donde está escrito que “los animales se dividen en a) pertenecientes al emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas”. Este texto pone de relieve los resortes del lenguaje, los límites del pensamiento (de nuestro pensamiento), y de cómo esta taxonomía nos resulta inconcebible.
     Rayuela podría ser visto como un intento (¿cumplido?) de trazar, como Borges, el límite de lo concebible y lo inconcebible para poder así tratar de rebasarlo. Por eso uno de los temas que subsisten al largo de la novela, y que pude considerarse eje central de esta, es la desconfianza ante el lenguaje como herramienta para expresar el mundo. Las alusiones a esta condición son constantes: “No hagamos literatura (..) No saquemos a relucir las perras palabras, las proxenetas relucientes[3] o bien: “- Estás usando palabras –dijo Oliveira, apoyándose mejor en Etienne-. Les encanta que uno las saque del ropero y las haga dar vueltas por la pieza. Realidad, hombre de Neanderthal, míralas cómo juegan, cómo se nos meten por las orejas y se tiran por los toboganes[4].
     Los personajes que encarnan y dan a conocer esta desconfianza son principalmente Oliveira y Morelli. En el caso de Horacio ese desprecio hacia las perras palabras proviene de la consideración por la cual es el lenguaje que encierra la visión occidental, y por lo tanto racional, del mundo: así este aparece como herramienta y prisión, pues es el único medio para expresarse y a su vez es la cárcel, en la medida que nos impone una visión del mundo que pasa por dicotomías y definiciones, por una racionalización del mundo. Lo que a Horacio le molesta es ese hablar en nosotros del lenguaje que denunciaba Heidegger, el encorsetamiento que comporta el uso de un lenguaje, de unas palabras, que no son las nuestras, que están marcadas por el categorismo kantiano y el cogito cartesiano, paradigmas inexcusables de la Razón que tanto rehúye el protagonista.
     Una posible visión de Oliveira como perseguidor puede ejemplificarse en esta cruzada particular contra el lenguaje: su búsqueda no puede ser lingüística, pues al otro lado de las cosas no se puede llegar a través de las palabras, y esta es la razón de su voluntad de retorno a un espacio prelógico, atávico: “el logos que nos arranca vertiginosamente a la escala zoológica, es una estafa perfecta. Y el corolario inevitable, el refugio en lo infuso y el balbuceo, la noche oscura del alma, las entrevisiones estéticas y metafísicas[5]. Por lo tanto, para Oliveira el lenguaje es límite a superar, pues el mundo lo excede, y su propósito es romper con ese ideario que soslaya parte de la realidad, aquella que solo es aprehensible mediante la intuición: la realidad sensitiva e irracional, el mundo de la Maga.
     Como contrapunto a la posición de Horacio encontramos al viejo Morelli. En su caso la búsqueda no es vital, o no lo es primordialmente, pues ya no nos encontramos con la figura del flâneur de Baudelaire o el Antoine Roquentin sartriano, ya no es la acuciante existencia la que marca al personaje, sino que esta vez nos encontramos con un problema literario: la mímesis, la representación de la realidad en la literatura. Morelli, entonces, ejerce de embajador de Cortázar dentro de la obra: escritor sin obra del que solo conocemos sus comentarios, una suerte de teoría literaria  esparcida en forma de glosa. Él también siente la incapacitad y las limitaciones del lenguaje: “No es la primera vez que alude al empobrecimiento del lenguaje –dice Etienne-. Podría citar varios momentos en los que los personajes desconfían de sí mismos en la medida que se sienten como dibujados por su pensamiento y su discurso, y temen que el dibujo será engañoso. (..) Lo que Morelli quiere es devolverle al lenguaje sus derechos. Habla de espurgarlo, castigarlo (..) Morelli condena en el lenguaje el reflejo de una óptica y de un Organum falsos e incompletos, que nos enmascaran la realidad, la humanidad[6].
     Así las cosas, parece que tanto las reflexiones del doppelgänger de Cortázar, como las de Horacio Oliveira recaen –aunque por motivos diferentes- en una crítica del lenguaje. Por lo tanto, lo que aquí pretendemos es ver como Cortázar usa el lenguaje y de que medios se sirve para superar los problemas que sus personajes plantean en la obra. Aquí el juego tendrá un papel fundamental: será el instrumento con que Cortázar modelará el lenguaje para poder conseguir su objetivo, que no es otro que prescindir de los esquemas habituales como el principio de causalidad, el racionalismo, la coherencia psicológica de los personajes. O lo que es lo mismo, escribir siguiendo el proyecto morelliano.
     Pero lo peor de esa desconfianza hacia el lenguaje, ese instrumento engañoso, es su ambivalencia que antes habíamos apuntado: es la herramienta con la que se lucha y contra la que se lucha, terrible paradoja que muestra los límites humanos, lo inconcebible de esa enciclopedia china que reproduce Borges. Ese es el motivo por el cual Andrés Amorós, en su introducción a Rayuela, hable del lenguaje como círculo vicioso, como suplicio de tantálico del que no existe escapatoria[7].



[1] Foucault, M; Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas, Siglo XXI, 2009, Madrid.
[2] Borges, J.L; El idioma analítico de John Wilkins, dentro de Otras inquisiciones
[3] Capítulo 23
[4] Capítulo 28
[5] Capítulo 28
[6] Capítulo 99
[7] Cortázar, J; Rayuela, Cátedra, 2010, Madrid. Página 37.

el maravilloso mundo de Fernández Mallo

El hacedor (de Borges), Remake es el último libro de Agustín Fernández Mallo. Debo reconocer que de no ser por la evocación de Borges, y por el hecho de que, hace ya un tiempo, vi como Fernádenz Mallo recitaba uno de los cuentos, no me lo habría leído, pues no me cuento entre los fieles adeptos a la lectura de su Proyecto Nocilla.

     En este último libro, creo que ha conseguido construir un verdadero mundo poético autónomo, capaz de recoger dentro de sí una serie de elementos (literarios, cinematográficos, informáticos) sin caer en la dispersión y el paroxismo del que, a mi parecer, pecaba en su trilogía. Quizá sea yo un lector demasiado ortodoxo. Aún con todo, creo que aquí Fernádez Mallo ha cuajado su universo en el mundo mágico y metafísico de Borges: ha despojado una realidad onírica, de refracciones y imágenes engañosas, de todos sus elementos infraestructurales, de lo propio del argentino, y lo ha substituido por otro mundo, igual de mágico, el mundo de la tecnología. Los tigres, Dante y Cervantes, el infinito o los espejos desaparecen de los cuentos para abrir las puertas a otro mundo duplicado, el de Google Maps, a las escenas ensoñaciones lychianas, a los cómics de Marvel o a los universos paralelos de Lost.  
     Como el Borges que suplanta al otro Borges, Fernández Mallo ha suplantado todo su universo. Creo que el gran acierto del libro consiste en seguir a Borges hasta donde la ortodoxia de su postpoética se lo permite: quizá la mejor muestra esté en el cuento Una rosa amarilla, donde el protagonista, encerrado de noche en el Instituto Cervantes de Nueva York, se pregunta y piensa y se obsesiona en si una cámara de vigilancia lo estará gravando, y en quien estará delante de la pantalla, que alumbrará la pantalla que contiene su imagen reflejada en la casa del vigilante, o en su despacho, o en el mismo Instituto Cervantes de Nueva York.
   Otro cuento que permite ser conscientes de hasta que punto es capaz de aprehender los principios axiológicos que rigen el universo del argentino es Mutaciones: en él, el mundo se duplica a través del mapa interactivo en el iPhone del protagonista, y Google Maps ejerce de espejo borgeano, doblando la perspectiva de la realidad, tratando de hacer coincidentes el mundo virtual y el mundo real. El clímax inexcusable está en la tercera parte de ese relato, en la fusión que se da entre el mapa, la película de Antonioni, la expedición que fue a reconstruir la película de Antonioni, y el vídeo con Mónica acercándose en la pantalla, a punto de cruzarla, pero quedándose para siempre, perdida como se encontraba, en el mundo virtual.
   Dejo, por último, el video de la conferencia que vi hace ya un tiempo, en dónde Fernández Mallo lee el cuento que en el libro recibe el título de Parábola de Cervantes y el Quijote.