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4.03.2012

La puta de Mensa: el vago erotismo de la cultura


Si queremos reflexionar brevemente sobre la relación entre lo que podríamos llamar cultura ideal y cultura reificada en la narrativa contemporánea, debemos no sólo hacer crítica literaria sino acercarnos a aquello que Eagleton etiqueta, no sin sorna, como "la teoría". Para ello debemos -claro está- empezar y terminar con las altas palabras del academicismo (o de las pocas ruinas que de ello quedan) porque, como decía Macedonio Fernández, no hemos venido preparados para improvisar.



1.

Lo que en un plano cotidiano se ha dado en llamar bovarysmo se define como una falta de reacción individual que lleva a obedecer a una sugestión del medio exterior, reacción que presupone, como es evidente, una falta de autosugestión. Este ejercicio mimético, la imitación de un deseo imaginario, situado en un tercero, es lo que René Girard estudia en Mentira romántica y verdad novelesca. Lo cierto es que a Girard le interesa la intersección de la literatura y la sociología: tomando como modelo la gran literatura de Cervantes, Proust, Stendhal y Dostoievsky, construye una teoría del deseo triangular, basado en la figura del mediador del deseo.

            Una afirmación fundamental que aparece en los primeros compases del estudio es la siguiente tesis: el mediador es imaginario, la mediación no. Por lo tanto, la reflexión de Girard girará en torno el concepto de mediación, el cual vendrá definido por la distancia que separa al modelo y su epígono. La mediación tomará, pues, muchas formas distintas y, en cierto modo, puede afirmarse que hay una gran corriente literaria -que por su dispersión y su obvia heterogeneidad no pueden ser reducidos a una corriente concreta (¿alguien dijo novela psicológica?)- que construye la narración encima de la distancia entre imitador y imitado, y explotan los rasgos concretos de la mediación que emerge.

2.

Si bien hay innombrables ejemplos clásicos más allá de los que se ocupa Girard, es possible ver como la relación de mediación se reformula en la narrativa contemporánea como una forma de extrema mediación externa, partiendo de la más absoluta de las rupturas con el pasado: hay una acentuada consciencia del tiempo como elemento performativo, de su relevancia estética. Es la enseñanza que se destila de Las ruinas circulares, de Borges: todo tiempo presente -como toda pretendida acción futura- no son más que imágenes dependientes de un pasado recursivo, circular, aunque no a la manera del eterno retorno nietzscheno -que el mismo Borges se ocupa de refutar irónicamente en Historia de la eternidad- sino acentuando la transformación de sentido, la modificación del horizonte hermenéutico que implican las manecillas del reloj.
            El Don Quijote de Menard es mejor que el de Cervantes porqué Menard ha escrito después de Nietzsche y de los hermanos James. Por lo tanto, los dos textos no son aquí idénticos, por bien que sean iguales: no nos vale el principio leibniziano de la identidad de los indiscernibles. O si nos sirve, pero si y solamente si nos atenemos a la más ortodoxa de las interpretaciones del pensamiento de Leibniz: el tiempo sería reducido en la definición de las cosas mismas, formaría parte de la esencia de las mónadas. Siguiendo esta lógica, el Don Quijote de Menard y el de Cervantes no serían idénticos, pues efectivamente tendrían una realidad numéricamente distinta. Una intuición semejante es expresada por Deleuze de Diferencia y repetición: la repetición que Menard haría del Quijote no sería una generalidad, ni un pensar sobre lo mismo, sino un pensamiento distinto. Como aclara Foucault en esa suerte de epílogo que es Theatrum Philosopicum, «la repetición ya no sería el triste cabrilleo de lo idéntico, sino diferencia desplazada».

            Este excurso sobre el valor del tiempo como elemento performativo y estético cobra relevancia al comprobar que la forma de medicación externa -que Girard define como aquella en que la distancia entre imitador e imitado es suficiente como para que las dos esferas de posibilidades no entre en contacto- se radicaliza en la postmodernidad y paraliza el impulso del imitador a partir de la toma de consciencia del hiato esencial que separa los dos esferas. La claudicación, ya sea en forma de rebeldía o de pasivo pesimismo, es el anatema o axioma que toda forma de honestidad literaria debe aceptar como inevitable.

3.

El sueño romántico, la disolución o negación del papel del mediador, es tanto más imposible como más extrema es esta mediación: más obscena se vuelve una narración, que como Las ninfas de Umbral, parece requerir viagra para funcionar, pues el sueño romántico, la sublimidad baudelariana que trata de recuperar para la mediación del yo poético, se convierte en una figura de cartón pluma.

            Se trata de recuperar una modernidad que se vuelve deforme por anacrónica: bebiendo de un existencialismo de segunda fila -heideggerismo destilado e iconografía sartreana- Umbral construye el relato de un artista adolescente que busca la sublimidad sin interrupción anunciada en una cita de Baudelaire, busca la literatura epigramática en los contornos sinuosos de una muchacha. Pero entiéndaseme bien: Umbral yerra en no buscar la poesía de los contornos, como sí hiciera Cabrera Infante en ese carnaval multitudinario que es La Habana para un Infante difunto (suerte de autoficción, de transposición ¿sexual? de la infancia ¿poco freudiana? que reconstruye o deconstruye o subvierte en un juego infinito de relatos que describen muchas mujeres que son solo una, pero eso es otro tema).

4.

La constatación más brutal de lo que hemos llamado extrema mediación externa tendría su trasunto cómico en "La puta de Mensa", relato de Woody Allen en Sin plumas. Primero adviértase -de la mano de Eduardo Mendoza- que no por cómica es menos literatura, pues «si el humor es percibido por la comunidad de los hablantes como algo postizo a la realidad, es decir, como un mero aditamiento, y no como el contenido mismo de la realidad que se describe, los que escribimos obras de humor (a diferencia de obras "con humor"), tenemos que replantearnos nuestra función» .

            Así, lanzada la captatio, podemos seguir. El relato de Allen constituye una parodia del género policiaco: su protagonista, el detective privado Kaiser Lupowitz (quien protagoniza también otro cuento, "El gran jefe") se ve envuelto en una investigación que tiene por objetivo resolver un caso sobre prostitución intelectual. Maridos recién casados, padres de familia, solteros empedernidos, buscan satisfacer sus necesidades intelectuales con jóvenes chicas: así, éstas son enviadas a mantener conversaciones sobre Milton, Hawthorn o Melville. Unas necesidades que, por supuesto, sus mujeres y esposas no pueden satisfacer.

            Vislumbramos, entonces, hasta qué punto puede calar la ironía de Woody Allen: el viejo sueño romántico de buscar la cultura ideal en la vida disoluta y las mujeres y sus contornos, esto es, la sublimidad que Baudelaire encontraba en una qué pasa, los retorcidos sueños del poeta maldito, ya no pueden ser repetidos sin más, ya no es posible sin reconocer ese abismo fundamental. La caída de la modernidad no trajo consigo la desaparición de los grandes relatos y, con ellos, los ideales, sino que los reïfico. No hace falta doblarse a las profecías adornianas de una industria cultural avasalladora y definitivamente mortal, pero sí reconocer el carácter anacrónico de toda forma literaria que busque construirse sobre la base de la distancia externa, repitiendo lo que Girard llamó mentira romántica.

2.13.2012

El acercamiento a Pleonasmo Chief

Las dos primeras cualificaciones válidas para Fresy Cool no me pertenecen, pero las apunto: «es una combinación algo incómoda» y «a game with shifting mirrors». Me sirven de introducción, pienso, y las dejo. Introduzco a continuación motivos varios para una síntesis de la novela: retrato realista de un mundo académico postapocalíptico; personajes enamorados que contemplan la intromisión en sus vidas de un terzo incommodo pero piensan eso tan racional de que ser snob en el amor es abocarse a los celos; el relato épico de la vida y obra de Pleonasmo Chief, personaje a caballo entre el miles gloriosus del Viejo Mundo de la Literatura y el héroe trágico que se ve abocado y superado por sus orteguianas circunstancias; «creo que piensas mejor que follas»; anamorfosis constante de Madrid; etcétera. Para la introducción ya me vale, pienso, pero aún así añado entre paréntesis ciertos motes clave que me ayuden a caracterizar la novela como artefacto literario (realismo capitalista; David Foster Wallace; afirmaciones de Girard sobre el genio novelesco y, en consecuencia: García Madero, Oliveira, Bustrófedon; fragmentación, perspectivismo y metanarrativa; sátira; roman à clef).
            Podría abordar la crítica del libro desde un doble punto de vista, formal y ideológico, si es que la partición es posible y, aunque lo sea, la cuestión es entonces si tiene algún significado. Lo haré de todos modos. Quedará bien. Qué va a saber la gente de a pie, populacho y mediocridad, gente como Olmos, que aunque escriba bien no tiene dinero y, ergo, no sabe de "ismos" y teoría literaria y literatura comparada y cosas de gente rica y refinada. Además, etiquetaré bajo la entrada a Bajtín, Umberto Eco, Robert Jauss y quizá hasta a De Man. Qué van a saber. Esta si es La parte de los críticos.
            Crítica a la forma, subrayaré, y citaré a Jameson con eso del milenarismo invertido, así como también y principalmente la conexión fundamental que se da entre la estructura formal de un texto artístico y las condiciones socioeconómicas imperantes. Por lo tanto, a modo de primer corolario, añadiré algo acerca del perverso monstruo capitalista de fuerzas metamórficas y omniabarcantes. Afirmaré, quizá, que «aún siendo susceptible a la crítica inherente a todo marxismo (por refinado que éste sea) de mantener vivos los valores hegelianos y, consecuencia directa, Totalitarios, creo, iba diciendo, que un acercamiento jamesoniano a Fresy Cool podría ofrecernos ciertas claves interpretativas: la forma de la novela, dividida en dos grandes partes (la segunda, a su vez, subdividida en siete partes) es la fragmentación perspectiva y el juego metanarrativo. Y esto, se sabe, es propio de nuestro tiempo, es el drama de nuestro tiempo, han caído los grandes relatos, la tecnología ha invadido las letras, el modelo por excelencia es el pastiche, el arte ya no es autónomo: toda crítica es una forma de hagiografía. Además, al centrarse en la redacción de Fresy Cool Sh*t por parte del personaje protagonista, Pleonasmo Chief, la anquilosante distinción realidad/ficción se ve desdibujada y, como en Inland Empire -la última opera prima de Lynch- nos vemos vertiginosamente lanzados a un juego especular que pone entre paréntesis toda la tradición».
            Sólo me faltará apelar a las risas enlatadas de Inland Empire como metáfora del histrionismo de alguno de los personajes más infames y estrambóticos que aparecen. Si no fuera muy poppy o afterpop o tardoposmoderno pondría un "jájájá" al final de la frase. "Anquilosante distinción realidad/ficción", "poner entre paréntesis toda la tradición". Jájájá. Ya puestos, cito a Borges y su concepción de la realidad, diciendo algo así como «laberíntica realidad plasmada en una forma textual que obliga al lector a un trabajo icárico, con los riesgos que ello supone» y, claro está, a continuación vendría Baudrillard. Y Juan Francisco Ferré, para dar un aire cañí a la crítica.
[Aquí el autor. Quiero decir el autor de verdad, de carne y hueso. (nada de metempsicosis simulacrales o muerte del narrador en las estructuras). Burlas aparte: redactar la crítica a modo de falso comentario metacrítico no es una máscara para esconder que no tengo nada que decir. No es una forma de bluf crítico: la forma del comentario es un recurso metodológico para comentar un texto que -si no es apelando a una supuesta hiperconsciencia postfosterwallaceana de la ironía y el desencanto de la literatura para con la literatura, de una modernidad caníbal con síntomas más que evidentes de agotamiento- es difícil de describir más allá del divertimento, el tête-à-tête con el lector y la carnavalización desenfrenada. Lo hago explícito, así, como en un aparte explicativo de un blockbuster, pero en forma de Advertencia al Lector. Así de grande es mi confianza en Él.]
Sin solución de continuidad vamos ahora a por la crítica "ideológica". Dejar claro que no va de marxismos, ni de falsa consciencia de clase. Ahondar en cierta ambigüedad en la definición de lo que llamo ideológico en un libro. Empezar por una caracterización negativa: no son las ideas en tanto que motivos básicos, ni la moral o la moraleja del texto. Nada de eso. Me limitaré a una vaga descripción por analogía a través de Oakeshott, con tono casual y desenfadado, eso propiamente cool. Además, citar a Oakeshott es +2 puntos para mi caché intelectual. Hablar de Oakeshott es exotismo cultural. Tono casual, de lo más in, me repito: «Es más bien una sensibilidad, una pauta cultural a la que el libro se suscribe. No hay actos ideológicos, sino actos que se suscriben a prácticas ideológicas. Me doy cuenta que estoy transponiendo las ideas políticas de Oakeshott en una suerte de economía política del signo literario».
            Ahora he de conectarlo con Fresy cool: dominio harto conocido por parte de Antonio. J. Rodríguez de los estudios culturales sobre la posmodernidad, que le permiten adoptar cierta distancia crítica y autocrítica; la comparecencia constante de DFW bajo múltiples formas y referencias, directas e indirectas: afirmar que «la influencia de DFW se da en distintos niveles: no solamente por aparecer bajo distintos disfraces narrativos, para que los lectores se paren a modo de "guiño-guiño, codazo-codazo" y satisfagan su narcisista ego borgeano, pudiendo sentarse modo pensador a decir "la literatura como palimpsesto, te lo dije, el lenguaje es un sistema de citas", sino también, iba diciendo, su influencia es patente en la caracterización emocional de los personajes, que parecen recién salidos de Entrevistas breves con hombres repulsivos pero con acento de Madriz, estigmatizados además por la interiorización del discurso terapéutico como única técnica para relacionarse con sí mismos. La vida social es un trabajo, chicos -parecen decir. Y no sólo eso, pues Antonio J. Rodríguez tiene presente esa sentimentalidad Fox superproducida, ha leído a Fernández Porta y a su musa marroquí: hablamos aquí de capitalismo emocional, producción de subjetividad y consciencia esquizofrénica ante el bombardeo mediático de esta producción (el amor romántico es ya una utopía visual): ser un fraude es the whole equation, que diría Fitzgerald».
            Así, así. Conectado con David Foster Wallace, lo que se espera de un crítico informado y leído. Debería aludir más a los relatos "El neón de siempre" y "La niña del pelo raro", sacar a relucir esa frase clave y el tema de la Felicidad Como Autorrealización Personal®, pero ya hablo de Illouz y si no me detengo ahora se me van a acabar todos los temas para lucirme. De otro lado, aunque no aparezca en Fresy cool debería aludir, pienso, a mi rechazo a la interpretación "superyoica" de la narrativa breve de DFW que Antonio J. Rodríguez propone en algún lugar. Quizá por un prurito académico, quizá por las connotaciones del término: «la intuición es buena, pero el término se refiere más bien a una interiorización normativa de unos valores (totémicos, digámoslo así) que son fuente de represión. No es una cuestión de consciencia atrapada, de una instintividad que no puede emerger. Más bien hablaríamos de autointerpretación, de hermenéutica terapéutica: no es la ley paterna, los incontestables valores de la tradición, aquello que encierra a los personajes en un bucle, sino la interiorización del mismo discurso psicoanalítico, de lo autoayudesco que va de Maslow a la psicología New Age y su sentido holístico, la sobreexposición del sujeto al ideal del éxito social y a la cultura del esfuerzo..» pero desarrollar tal crítica en ese contexto sería un acto de vanidad, comportarse como un pavo real y no estamos aquí para eso, ¿verdad que no?
            CONCLUSIÓN escribo en mayúsculas y negrita. Apartado final, balance. Me doy cuenta de que faltan juicios de valor, pues he tratado de desgranar ciertos elementos de la novela y he acabado en un acto onanista, sin criticar propiamente la novela. En cuanto a la forma de ésta, apunto, la primera parte es caótica y provoca una pérdida constante del lector, a causa de los cambios de punto de vista, la aparición y desaparición de personajes y espacios/tiempos narrativos, etcétera. Es la parte en que el juego metanarrativo es más claro, alusiones al supuesto autor empírico a.k.a Ibrahím Berlin, que para un lector que desconozca los avatares autobiográficos de la novela va a ser indescifrable. Reflexiono acerca de si el texto es realmente autónomo de su contexto de recepción, y creo que no. Anoto que «eso no es bueno». La segunda parte es más ortodoxa, aunque la concatenación de historias y la proliferación de dramatis personae que las más de las veces -como lectores- nos importan bien poco, la hace quizá menos interesante, con menos fuerza. Apunto, para preguntarme públicamente, si el capítulo "Homo Academicus" es una parodia de El comienzo de la primavera de Patricio Pron.
            «Sin embargo», empezaré (pues las adversativas siempre quedan bien, dan consistencia y son prueba empírica de la mente tortuosa e intricada de quien la enuncia), «lo mejor de Fresy Cool reside en lo que hemos llamado "ideología". Lejos de tomarse seriamente eso de Escribir, no toma posición histórica y abandona de este modo toda pretensión de superar o celebrar al Padre, y se mantiene siempre en el divertimento, en la recreación de su protagonista y sus allegados, Pleonasmo Chief, suerte de genio romántico que, como Antonio J. Rodríguez -y basta de apelar al autobiografismo- acusa el doble proceso de reconocer el legado literario sobre el cual asienta su poética (hace explícito el carácter mimético) a la vez que, secretamente, ocultamente, quizá, busca la originalidad romántica, la espontaneidad».
            Aquí es donde se debe citar a Girard con eso de que el genio novelesco se erige sobre actitudes románticas, y enumero a Bolaño (el desplazamiento de la búsqueda poética de Belano y Lima a la narración de García Madero), a Cortázar (y su entrañable y erudito Oliveira) y finalmente a Cabrera Infante (y la fragmentación de Tres tristes tigres, el juego que es su narración, los personajes ausentes, así como la acusada primacía lingüística en la obra). Nota al pie: entroncar Fresy cool en la tradición de Cabrera Infante y Cortázar se debe a la preponderancia del juego y la actitud satírica frente al romanticismo exacerbado de sus personajes.
            Finalmente, suma simple, aludir al título de la reseña y retomar la metáfora que es este mismo comentario y al que el título da la calve interpretativa: «Fresy cool no nos importa, como no nos importa Pleonasmo Chief. Lo mismo nos da que Pleo trabajara en un astillero. "Críticas y no obras", que dirían en Heidegger TV. De lo que se trata es de lo que pone en juego el texto, de poder decir que la escritura libérrima, o el ejercicio cervantino del que muchos de mis contemporáneos se jactan de emplear como reacción arriesgada frente a las fórmulas de bestsellers no vale nada, pero que tampoco sirve la parodia porque cuando uno habla de parodiar está blindándose contra cualquier mordisco a destiempo. Porque hablar de carnavalizaciones es protegerse con un chaleco antibalas. Se trata de dinamitar el rollo: hacer lo que se dice y lo contrario, usar la ironía posmoderna mientras se denigra de ésta, la sátira como género estructural.». Sentencio: «Fresy cool como el hermano bastardo e infame de El acercamiento Almotásim».

6.21.2011

Rayuela, el juego, el lenguaje (3)

1. Tres tristes tigres en la jaula verbal[1]
A modo de hipótesis de trabajo, podemos enunciar ya de inicio que Rayuela y TTT comparten una tesis básica: en ellas se cuestiona la posibilidad de la literatura como recreación del mundo. Además, a grandes rasgos también, puede decirse que el mecanismo del que se sirven para llevar a cabo esta empresa –la de la novela total, la de la recreación del mundo- es el cuestionar la lengua a partir el juego. Si hemos visto como en Rayuela este juego tiende a desarticular el lenguaje, a vaciarlo y abrirlo de nuevo al lector –es decir, si el juego en Rayuela intenta transcender el lenguaje entendido de modo tradicional a partir de la función poética del juego-, en TTT la función predominante del juego con respeto al lenguaje es la lúdico-humorística[2].
            Como en Rayuela ya hemos señalado alguno de estos elementos, nos centraremos aquí en TTT. Si bien es cierto que ambas obras cuestionan la posibilidad de la literatura como recreación del mundo, cabría matizarlo un poco, pues mientras Rayuela cuestiona esta posibilidad, aún así se empeña sin ambages en tratar de hacerlo; en cambio en TTT parece como si Cabrera Infante partiera de la constatación de la imposibilidad de hacerlo. Pero mejor vayamos paso a paso, pues en un primer acercamiento TTT se nos presenta como un intento de revivir la noche habanera, de conservar su oralidad en la literatura, motivo por el que Cabrera Infante abre su obra con la siguiente advertencia:
El libro está en cubano. Es decir, escrito en los diferentes dialectos del español que se hablan en Cuba y la escritura no es más que un intento de atrapar la voz humana al vuelo, como aquel que dice. Las distintas formas de cubano se funden o creo que se funden en un solo lenguaje literario. Sin embargo, predomina como un acento el habla de los habaneros y en particular la jerga nocturna que, como en todas las grandes ciudades, tiende a ser un idioma secreto. La reconstrucción no fue fácil y algunas páginas se deben oír mejor que se leen, y no sería mala idea leerlas en voz alta[3]
TTT aparece entonces como resultado de la tensión entre la oralidad y la escritura: Emil Volek presenta esta relación como una antinomia, en la medida que la pugna entre estas dos formas de expresión son irreconciliables. Si dijimos que parece que Cabrera Infante parte de la constatación de la imposibilidad de reproducir la realidad –en su caso, la oralidad de la noche habanera- es porque aunque nos presente el proyecto en forma de empresa totémica –la novela como aleph lingüístico de la Habana de los 60-, los procedimientos que usa en la novela apuntan a las antípodas de esa voluntad: en ella hay un despliegue de variaciones y gestos del lenguaje, sobretodo en su dimensión material -pues abundan los juegos ortográficos y tipográficos-, que son elementos ajenos por completo a la oralidad. Además, la creación literaria que se nos presenta como traducción –traducción de las voces, traducción de la realidad en literatura- pronto nos damos cuenta que deviene traición: la parte de Los visitantes muestra como una historia, al ser traducida a literatura, es cambiada y deformada. Así el traductor ejerce de traidor, viejo tópico literario que Cabrera Infante desplaza de plano colocándolo en el centro del problema de la mímesis. La literatura no representa, sino que traduce -esto es, traiciona-.
            Cabrera Infante llevará al extremo esta traición al imbricar el texto en juegos lingüísticos, sobredimensionando el carácter lúdico-humorístico hasta llegar al paroxismo: los personajes se diluyen en su habla, se hace imposible imaginarlos de carne y hueso; el caso paradigmático de esta dislocación del lenguaje en los personajes es Bustrófedon: es un personaje ausente en la narración – se nos dice que ha muerto- pero que extiende su sombra a lo largo de la obra, ya que aquello que lo caracterizaba eran los juegos de palabras, pasión que había extendido al resto de sus compañeros (a los otros tristes tigres), quedando todos así encerrados en la jaula verbal: “¿Quién era Bustrófedon? ¿Quién fue quién será quién es Bustrófedon? ¿B? Pensar en él es como pensar en la gallina de los huevos de oro, en una adivinanza sin respuesta, en la espiral. Él era Bustrófedon para todos y todo para Bustrófedon era él. No sé de donde carajo sacó la palabrita –o la palabrota. Lo único que sé es que yo me llamaba muchas veces Bustófoton o Bustrófotomaton o Busnéforoniepce, depende dependiendo y Silvestre era Bustrófenix o Bustrofeliz o Bustrófitzgerald[4]
            Bustrófedon[5] -la palabra- se refiere a la forma de escribir que consiste en redactar alternativamente de derecha a izquierda y de izquierda a derecha: en este sentido podemos entender a Bustrófedon -el personaje- como una suerte de figura alegórica que encarna el juego lingüístico ya desde su misma escritura, dios privado de la mitología de TTT que determina a los personajes, personificación del azar en la escritura, pues no en vano se nos propone una suerte de literatura aleatoria donde al lector se le entregarían un listado de la palabras y unos dados y, según fuesen cayendo los números, las palabras se leerían en un orden u otro. Es fácil desde aquí trazar un puente hasta el proyecto de Cortázar-Morelli: en las dos obras se puede rastrear la influencia, clave a partir del surrealismo y las vanguardias, del principio de indeterminación en la literatura[6].
Si en Rayuela habíamos tratado de clasificar los tipos de juegos lingüísticos (a nivel de significado, discurso y metanarrativo) aquí sólo cabe la distinción entre el que es juego metanarrativo y el que no: el primero, como en Rayuela, afecta a la estructura misma del texto. El segundo es un totum revolutum, de modo que en ciertas partes de la novela -como Rompecabezas o Bachata- el juego lingüístico predomina en casi todos los niveles, dando como resultado que el discurso se construye a partir del juego de significados, bromas y errores:

-Y quién hizo burlas (preguntó Bustrófactótum y como él era un tipo largo y flaco y con muy mala cara y esta malacara picada por el acné juvenil o por la viruela adulta o por el tiempo y el salirte o por los buitres que se adelantaban, o por todas esas cosas juntas, se paró, se puso de pie, se dobló, se triplicó, se telescopió hacia arriba agigantándose en cada movimiento hasta llegar al cielo raso, puntal o techo).
Y el dueño se achicó, si es que podía hacerlo todavía y
Fue el hombre increíblemente encogido, pulgarcito
O meñique, el genio de la botella al revés y
Sé fue haciendo más y más y más chico,
Pequeño, perqueñito, chirriquitico
Hasta que se desapareció por
Un agujero de ratones al
Fondo-fondo-fondo,
Un hoyo que
Empezaba
Con
O
Y me acordé de Alicia en el País de las Maravillas y se lo dije al Bustroformidable y él se puso a recrear, a regalar: Alicia en el mar de villas, Alicia en el País que Más Brilla, Alicia en el Cine Maravillas, Avaricia en el País de las Malavillas, Malavidas, Mavaricia, Marivia, Malicia, Milicia Milhizia Milhinda Milinda Malanda Malasia Malesia Maleza Maldicia Malisa Alisia Alivia Aluvia Alluvia Alevilla y marlisa y marbilla
A partir de este fragmento[7] podemos observar como aquí nos es válida  otra de las antinomias a las que apunta Volek: caos-orden. El juego lingüístico, normalmente a la sombra de Bustrófedon, convierte los episodios en un caos de elementos y en este sentido se puede decir que: “TTT representa indudablemente una escritura extrema, otro intento de alcanzar el límite absoluto (la escritura límite) de la creación literaria; este límite, sin embargo, es, en principio, inalcanzable, porque una jugada concreta jamás abolirá el azar[8]. La realidad es desmenuzada de un modo casi cubista: nos es presentada en forma de recortes, de elementos libremente asociados, bajo nuevas formas –siempre transformada por el acto creativo de traducción/traición- pues la literatura aparece como palipmsesto, mediado siempre por la parodia[9].    
Nos encontramos entonces en una suerte de mise en abyme donde lo que se superpone no son, a modo de caja china, diferentes planos narrativos de la historia[10], sino las diferentes formas de expresión: se va de la oralidad al texto, y en el texto se extenúan las formas de contar (canciones, poemas visuales, imágenes, historias repetidas que difieren en detalles, un mismo episodio contado desde diversas perspectivas) hasta el punto que el error se convierte en parte constitutiva de la obra[11].
            Por lo tanto el caos lingüístico que hemos esbozado a grandes rasgos parecería que, a pesar de compartir con Rayuela la presencia del juego lingüístico en todos los niveles, TTT está más cerca del proyecto de Gombrowicz, de la voluntad del polaco de implosionar la literatura desde dentro: una suerte de espíritu dionisíaco afloraría en lenguaje –a instancias básicamente de Bustrófedon- y en su expresión lúdica desgarraría la novela desde dentro. Esta interpretación estaría muy acorde con la expresión que ha hecho fortuna para denominar lo que Cabrera Infante hace en TTT: carnavalización del lenguaje. Así las cosas, podríamos creer que el autor cubano se queda aquí –y eso ya sería bastante- recreando lúdicamente la noche habanera: el juego por el juego, una obra irrespetuosa y carnavalesca como la realidad que quiere retratar.
            Pero aún no se ha mencionado la parte metanarrativa de la obra que antes habíamos dejado apuntada: será ésta la que acercará TTT a Rayuela, pues no comparten sólo los juegos lingüísticos, sino también una dimensión metanarrativa –en TTT a modo cervantino o sterniano- que pondrá de relieve que, aún dando preeminencia a funciones distintas del juego con respeto al lenguaje, las dos responden a un proyecto eminentemente literario, ése que hemos anunciado al principio del apartado: cuestionar la posibilidad de la literatura como recreación del mundo.
2. La representación de la realidad en Rayuela y Tres tristes tigres
Si Rayuela empieza con un tablero de dirección, TTT se abre con la presentación de un espectáculo donde, no sólo se presenta a los actores del show sino también a los espectadores, al público: éstos, además, serán los personajes integrantes de la novela. Hay pues una voluntad común de abrir al lector la novela, de avisar ya de entrada que en estas obras el lector no solo es espectador sino también integrante de ella. A nivel estructural, en Rayuela, esta participación del lector se manifiesta desde la elección de la dirección hasta en los pequeños detalles como el de rellenar elipsis descriptivas o, más en general, interpretar la obra que se lee a partir de la glosa que la misma obra ofrece. El caso es que se presenta como un almanaque de fragmentos que pueden ser leídos de muchas maneras, en el que que es la función metanarrativa la que da sentido a la obra.
En TTT pasa algo semejante en tanto que la obra también está compuesta a partir de fragmentos, los cuales al principio parecen agrupados aleatoriamente: hay distintos narradores, puntos de vista, lenguajes, etc.. Si dividimos TTT en tres partes (el capítulo Rompecabezas haría de encaje entre las dos primeras) -tal y como propone Volek- la primera parte aparece como despliegue de elementos de forma caótica, mientras que la segunda parte va recogiéndolos sobre sí misma. La primera parte, además, aparece como narración auténtica, que no seria, pero sí con la ilusión realista (hay voluntad de mímesis directa) que tiene como objetivo recrear artísticamente la noche habanera. En la segunda parte la realidad se “desdobla y pasa por el filtro de la <<literatura>> (en el sentido de la <<literatura en la literatura>>) hasta alcanzar su opuesto, hasta transformarse en puro juego de lenguaje, en que el lenguaje se repliega sobre sí mismo y se aleja de la referencialidad, aunque sin separarse de ella jamás por completo. Como rebotado de este límite absoluto, el movimiento vuelve hacia atrás, pasando por el filtro de las parodias y desembocando en la parte final”.
Así, si entendemos la novela como dividida en tres partes, el paralelismo con Rayuela vuelve a ser inevitable: mientras que en la obra de Cortázar la segunda parte volvía sobre la primera (hasta el punto que en la lectura salteada las ciudades y las historias se confunden), y la tercera se inmiscuía en forma de glosa metanarrativa, en TTT la función metanarrativa la desempeña la segunda parte al volver sobre la primera, mientras la tercera parte ejerce de conclusión.
            Pero podríamos preguntarnos en qué sentido TTT tiene una función metanarrativa. Los primeros indicios claros los encontramos a modo de comentarios sternianos. Pero no es sólo esto, sino que se construye todo un juego cervantino de personajes-narradores, editores, etc.. hasta el extremo que el autor empírico[12] aparece como personaje-autor dentro de la obra. Además, Silvestre, uno de los tristes tigres y supuesto narrador, renuncia a la omnisciencia y omnipotencia del narrador: sus palabras, si es que es el verdadero narrador, son contradichas por su escrito, pues hay claras muestras del poder ilimitado del narrador en TTT: éste nos “dispensa” de los “detalles superfluos”, dialoga con el lector, pone notas editoriales, etc..
Así las cosas, TTT requiere –como Rayuela- de un lector activo, capaz de reconstruir sus partes, y así la novela aparece como puzle (recordemos que el capítulo central recibe el nombre de Rompecabezas) o adivinanza: otra vez la novela como juego. En las dos novelas hay una cierta complejidad del “mundo representado”: al pensar la obra como juego, tanto Cortázar como Cabrera Infante, están reconociendo las limitaciones del lenguaje en su uso cuotidiano o en su uso filosófico –pues se sienten aprisionados en él- y la única forma que encuentran de desarticular ese lenguaje es a través de lo lúdico, pues al convertir la lengua en un juego y abrir la novela al lector para que actúe con ella en lugar de simplemente leerla, consiguen hacer estallar esa realidad representada a modo decimonónico –un mundo que parecía real, casi palpable-, y no se proponen edificar una nueva realidad, sino que pretenden integrar la novela en la del lector –de ahí los pliegues metanarrativos, novela y teoría de la novela en un mismo pack-, comprendiendo ese intento como única forma de transcender la vieja narración del decir wittgensteiniano, para desgarrar la Forma de Gombrowicz. Para acabar con el suplicio tantálico, al fin.




[1] Título homónimo del artículo de Emil Volek que sigo para el análisis de TTT. (Tres tristes tigres en la jaula verbal: las antinomias dialécticas y la tentativa de lo absoluto en la novela de Guillermo Cabrera Infante que se encuentra dentro de: Volek, E; Cuatro claves para la modernidad. Análisis semiótico de textos hispánicos, Gredos, 1984, Madrid).
[2] Este predominio de la función lúdico-humorística está presente en la obra ya desde el mismo título: mientras en Rayuela el juego que se nos ofrece es aquel que nos lleva de la tierra al cielo –dentro del juego hay progresión-, en Tres tristes tigres el título apunta –y además lo es él mismo- otro tipo de juego, un trabalenguas. Este nos encierra en las palabras, obligándonos a volver una y otra vez sobre lo mismo, a la vez que ya contiene implícito uno de los temas fundamentales de la obra: la relación tensa que mantienen la escritura y la oralidad.
[3] Cabrera Infante, Tres tristes tigres. Pág. 145.
[4] Ibídem. Pág. 371.
[5] Según el Diccionario de la Real Academia Española:Manera de escribir trazando un renglón de izquierda a derecha y el siguiente de derecha a izquierda”.
[6] Cortázar, J; Rayuela. Capítulo 4: “ella quería entrar en el círculo, comprender por qué el principio de indeterminación era tan importante en la literatura, por qué Morelli, del que tanto hablaban, al que tanto admiraban, pretendía hacer en su libro una bola de cristal donde el micro y el macrocosmos se unieran en una visión aniquilante”.
[7] Cabrera Infante; Tres tristes tigres. Pág. 373
[8] Volek, E; Tres tristes tigres en la jaula verbal: las antinomias dialécticas y la tentativa de lo absoluto en la novela de Guillermo Cabrera Infante que se encuentra dentro de Cuatro claves para la modernidad. Análisis semiótico de textos hispánicos. Pág. 155.
[9] Enrico Mario Santí, y Nivia Montenegro -en la introducción a TTT en la edición antes citada de Cátedra- apuntan a que: “el proyecto de Cabrera Infante siempre está mediado por la parodia, la cual simultáneamente traiciona y exalta esa voz ausente que resuena ahora en el eco  como puro simulacro”. Pág. 88.
[10] Es decir, de la trama, de la “story” para utilizar el término inglés que permite la distinción.
[11] “Errar” aparece en la novela en sus dos formas principales: quiere decir equivocarse –y en este sentido es parte constitutiva del universo lúdico que plasma Cabrera Infante, pero también significa caminar o viajar sin rumbo –que es lo que hacen los personajes, los tristes tigres-.
[12] Tomamos la noción de autor empírico de Umberto Eco para designar a Guillermo Cabrera Infante.



4.18.2011

complejo de Acteón

En La broma infinita, David Foster Wallace llama Complejo de Acteón  a “una especie de profundo miedo filogénico a la belleza transhumana”. Algo así siento yo, aunque podría substituir la palabra miedo por fascinación o asombro, o quizá cualquier otra palabra que diese a entender esa atracción animal que ciertas figuras despiertan en mi. Sin despreciar la realidad real –tal y como la denomina Vargas Llosa- , creo que esta sensación de belleza transhumana de la que habla Foster Wallace es más propicia a aparecer en las criaturas ficcionadas, productos de la literatura o del cine. Ahí está el caso Dulcinea: la princesa más bella que hay en  la Mancha y en el Mundo, honor de la caballería andante de la que Don Quijote es garante excepcional, en todos los sentidos. Pues Sancho, al descubrir en el capítulo XXV de la primera parte que Dulcinea es en realidad Aldonza Lorenzo, labradora poco agraciada, le echa en cara a Don Quijote lo poco que tiene esa de princesa, a lo que Don Quijote responde:
            “Así que Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra. Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su libre albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fíliadas y otras tales de que los libros, los romances, las  tiendras de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebraron? No, por cierto, sino que las más se fingen por dar sujeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo. Y así, bástame a mi pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, (..) y yo me hago cuenta de que es la más alta princesa del mundo”
            Podemos ver en la actitud de Don Quijote una forma de entender la literatura, en lo que se refiere a los poetas y sus damas, como ensalzamiento de las figuras, intento de entronizar unas mujeres independientemente de su estatus real: es la creación de un aura especial, empresa eminentemente imaginativa -pues requiere y se sirve de la imaginación del lector-; es un desplazamiento que convierte los cuerpos en puntos de fuga donde poco acaban importando, al fin, esos cuerpos reales. Si bien podría objetarse que eso no es así el cine, pues la imaginación no ocupa el lugar principal que sí goza en la literatura, podría responderse que la articulación cinematográfica en un discurso acaba, de una forma u otra, ficcionalizando el rostro que reproduce: al mostrar solo pedazos, imágenes minuciosamente escogidas, consigue un efectismo que es letal a la hora de recrear el personaje en el imaginario del espectador.
            Así, lo que aquí me propongo no es más que una confesión a modo de lista, de notas para una antología personal -un top ten privado- de algunas de las figuras femeninas ficcionales que han despertado ese complejo de Acteón, me han hecho sentir ese goce de voyeur, una mirada culpable y deleitosa castigada por Diana. Iré publicando con, espero, cierta regularidad las elegías a esas manzanas de Atalanta.
A modo de epílogo, y para paliar –si es necesario- ese distanciamiento del mundo físico, de la realidad real, llevada a cabo por el elogio de las figuras y cuerpos ficcionales, cabe tan sólo volver a Cabrera Infante, a su obra de corte autobiográfico Cuerpos divinos. En ella nos relata cómo, estando con una joven ninfa, enardecido por la pasión de encontrase a ocultas en su casa de niña bien, oye a su estomago roncar más de lo que debiera, produciendo así una suerte anticlímax. Su estomago, incesante, ruge -aún más- hasta el extremo de llevarlo a pedir disculpas a la chica, a que le perdone “por el tripeo”. A esto ella le responde “una frase que nunca olvidaré, más inolvidable que el momento: No somos cuerpos divinos. ¿De dónde había sacado ella esta frase memorable? No lo supe nunca, pero fijó el momento para siempre, más que la música de Billie Holliday, más que el sabor de sus senos, más que el rumor de mis tripas, y que sería imposible de olvidar”.

4.02.2011

primera casilla

En la calle hay gente mirando. Un tablón se extiende de ventana a ventana, dos edificios enfrentados, contrapuestos a uno y otro lado de la calle. En las ventanas, desde las que se tiende el tablón de una a otra,  dos figuras parecidas, casi iguales, que son espejo uno del otro, maldición borgeana.  Imágenes que se explican o se oponen, una única metáfora: un tablón que ejerce de puente o pasaje, tablón que es una figura. Más, ¿Qué une? A un lado Oliveria, al otro Traveler y en medio, o de ambos lados, Talita.
     Un tablón que une a dos personajes que no son dos, sino uno, duplicación perspectiva de la realidad. Efecto doppelgänger. Un tablón que es, o sólo puede ser, la literatura: mero juego que se sacraliza, deviene lucha existencial. La más preciosa expresión de lo que es o debería ser ese arte, el de escribir. Tan sólo eso, una suerte de ritual epifánico que hace del tablón y de su paso en él una situación límite, tablón que deviene espacio teatral, lugar donde representar esa tragedia clásica: a un lado Eteocles, al otro Polinices. Visibilidad de dos personas que representan segregaciones metamórficas, la coincidencia entre el rimbotiano yo soy otro y el existencialismo de el infierno son los demás – dice Lezama Lima, con su habitual, que no por eso menos genial, manierismo. 
     Juego de juegos, de la tierra al cielo, de una ventana a otra: la necesidad de hacer del absurdo égida con que atenerse a categorías kantianas y cartesianas mentes, para enfrentarse a ese cogito banal. Juego para acabar con ello, para terminar con esa jaula para tristes tigres. Escalera por la que subir y luego darle una patada. O esa ventana que hay que abrir de par en par para tirar todo a la calle, pero sobretodo hay que tirar también la ventana, y nosotros con ella. El lenguaje, al fin. Ese mismo que habla en nosotros -Heidegger dixit- y que ha de ser abolido con el cortazariano arte de lo indecible, evocación de ese estado atávico, prelógico, ese paradíso onírico que es recreación de la infancia con resortes de voluntad nietzscheana. Pero para ello se necesitan tablones, se necesitan palabras, perras palabras, para excentrarse persiguiendo el centro, inalcanzable salida del laberino: sueño icárico o hilo de Ariadna.